Abuso sexual de menores, en la Iglesia y en la sociedad

 

Simposio en la Universidad Gregoriana – Roma

Del 6 al 9 de febrero unos doscientos obispos y superiores religiosos de todo el mundo participaron del Simposio “Hacia la curación y la renovación”. Tuvo lugar en la sede la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. El tema: “El abuso sexual de menores, en la Iglesia y en la sociedad”.

Por parte de la Conferencia Episcopal Argentina asistieron a este encuentro Mons. Mario Cargnello, Arzobispo de Salta y Vicepresidente de la CEA y Mons. Sergio Buenanueva, Obispo auxiliar de Mendoza y Presidente de la CEMIN.

El foco central del Simposio fue la atención a las víctimas de los abusos y el desarrollo de todas las acciones necesarias para crear ambientes seguros, en la Iglesia y en la sociedad, para los más vulnerables.

Con esta iniciativa se ha buscado ofrecer información actualizada sobre los recursos disponibles para responder a este problema.

Mons. Buenanueva ha expresado que en este sentido: “el Simposio ha sido una expresión concreta del profundo cambio de rumbo que la Iglesia católica quiere imprimir al abordaje de los abusos: escuchar a las víctimas en todo su dolor y sufrimiento, para obrar con verdad y justicia”.

Así también, Mons. Sergio Buenanueva, ha respondido algunas preguntas al respecto de este tema y que reflejan la experiencia vivida en este Simposio.

¿Cuál es su impresión personal acerca de esta experiencia de Iglesia con un tema tan sensible como el abuso de menores?

El Simposio reunió a 120 obispos católicos y 80 superiores religiosos de todo el mundo. La impresión que tuve, desde el inicio del Simposio, fue de una Iglesia que mira de frente un problema doloroso, busca la verdad y se empeña en responder eficazmente.

El beato Juan Pablo II hablaba de la “purificación de la memoria”, es decir: los católicos nos hacemos cargo, solidariamente, del mal cometido por hermanos nuestros para repararlo y corregirlo. En este caso: nos hacemos cargo del daño causado a las víctimas de los abusos, tanto por aquellos que los violentaron sexualmente, como también por los pastores que no respondieron como debían ante esta situación.

¿Cómo planteó la Universidad este encuentro, sus temáticas principales?

El planteo fue “universitario”, es decir: se enfocó este complejo problema desde dos puntos de vista complementarios: interdisciplinariedad e interculturalidad.
Me explico: el abuso de menores es una auténtica plaga social. Se trata de un abuso de poder que toma la forma de una conducta sexual. El abusador es siempre alguien del círculo de confianza del menor: el padre o padrastro, un abuelo, un tío, un maestro, un sacerdote, etc. Crece en la oscuridad, la negación y el ocultamiento. Deja secuelas, las más de las veces, de por vida en las víctimas.

El abuso requiere ser abordado desde distintos ángulos, privilegiando siempre a la víctima, cuya experiencia humana debe ser escuchada y acogida. En este proceso intervienen la psicología, la escucha pastoral, las ciencias jurídicas, también la teología pastoral y moral.

Pero también es necesario un enfoque intercultural, porque cada cultura tiene su modo propio de vivir e interpretar las relaciones humanas, la sexualidad, los gestos, etc. Hay culturas, por ej., en las que el niño es considerado casi un objeto de propiedad del adulto. O que tienden a silenciar hechos vergonzosos. Todo esto hay que tener en cuenta para afrontar el problema de los abusos, tanto dentro de la Iglesia como en el resto de la sociedad.

En el Simposio escuchamos a una víctima, a varios profesionales en psicología y psiquiatría, a sociólogos, a pastores y otros líderes religiosos, a laicos empeñados en distintas tareas eclesiales. Hubo una serie de conferencias seguidas de preguntas, y también algunos talleres por idioma. Fueron días muy intensos de trabajo.

¿A su juicio qué fue lo más importante planteado en este Simposio?

Para mí, lo más importante fue verificar el “cambio de ruta” que la Iglesia católica ha producido en el abordaje de este problema: se ha pasado de tener la atención centrada en el abusador, a colocar en el centro a la víctima, su relato y la preocupación por su recuperación completa. Solo cuando se ha puesto a la víctima en el centro se ha podido iniciar un proceso de verdad, justicia y reparación. Este ha sido, a mi juicio, el principal aprendizaje que hemos podido hacer en el Simposio.

¿Aparte de las indicaciones que ya ha impartido el Papa, en qué consistiría este Protocolo pedido a las Conferencias Episcopales de cada país?

La Santa Sede ha urgido a las Conferencias episcopales a elaborar unas “Líneas guía” para responder a los eventuales casos de abuso de menores que se presenten en cada país.

Desde el año 2001 a la fecha, la Iglesia ha ido mejorando sus normas canónicas para afrontar estos casos. El beato Juan Pablo II, asesorado por el entonces Cardenal Ratzinger, aprobó un conjunto de normas que se han mostrado muy eficaces para dar una respuesta eclesial coordinada, rápida y uniforme a los casos de abusos protagonizados por clérigos.

Las “Líneas” de cada episcopado tendrán que adecuarlas y traducirlas a la situación de cada país, sobre todo teniendo en cuenta el principio de la atención prioritaria de las víctimas y la colaboración con la justicia civil de cada país.

También tendrán que detallar mejor los pasos a seguir ante cada denuncia, asegurando un tratamiento justo, para la víctima pero también para el presunto victimario.

Hay que recordar que este pecado-delito está reservado a la Congregación de la Doctrina de la Fe. El obispo diocesano tiene una responsabilidad fundamental, pero debe remitir siempre el caso a la Santa Sede, de quien recibe las indicaciones para seguir en cada caso.

¿Ve usted un efectivo cambio a futuro tal como lo ha pedido el Santo Padre respecto a los procedimientos a seguir con los posibles casos de abuso?

En los países más afectados por estas tristes situaciones hay ya un cambio muy fuerte en la conciencia de pastores y fieles, en los procedimientos y en las medidas preventivas. Esto es muy alentador. Se trata de personas que han sufrido mucho por todo esto, en primer lugar las víctimas y sus familias. Pero también los responsables de la Iglesia. Un capítulo aparte merecen los laicos, gracias a los cuales se han producido notables cambios en el tratamiento eclesial de estos problemas.

Digo todo esto para indicar señales positivas en la buena dirección. Las normas canónicas son claras y efectivas. Solo que requieren compromiso y voluntad deliberada de aplicarlas. Un gran problema en todo esto ha sido que los superiores eclesiales no aplicaban las normas de la Iglesia, que siempre han sido muy severas para estos casos.

¿Y a la prevención de este tipo de delitos?

Este es un capítulo fundamental. Aquí hay ya mucho terreno ganado, pero también mucho por hacer.

El objetivo es crear ambientes eclesiales seguros para niños y jóvenes. Esto supone un conjunto de acciones preventivas que, por otra parte, no son nada extraordinario: se trata de vivir lo que enseña el Evangelio y lo que la Iglesia ha señalado siempre como una vida virtuosa, en el seguimiento de Cristo y en tensión hacia la santidad.

En gran medida, la crisis de los abusos ha puesto de relieve, dolorosa y tristemente, las consecuencias de una mundanización o secularización interna de la Iglesia. Podríamos decir también: cuando el soplo del Espíritu Santo es sustituido por el espíritu del tiempo, o una adaptación acrítica a modelos dominantes de pensamiento y de conducta.

En lo que hace a la formación de los sacerdotes sigue siendo un punto luminoso de referencia la enseñanza del beato Juan Pablo II en la Exhortación “Pastores dabo vobis”, invitando a ofrecer una formación integral de los futuros sacerdotes, cuyo fundamento es la dimensión humana. En esto, una meta fundamental es ayudar a los futuros sacerdotes a alcanzar una madurez afectiva a la altura de la vocación a la paternidad espiritual, que les permita entablar relaciones adultas con toda clase de personas.

¿Qué nos podría contar de este Centro de protección de menores, nacido en Alemania, y del Plan futuro que tiene la Universidad Gregoriana en el trabajo con algunas diócesis, donde estará incluida la arquidiócesis argentina de Córdoba?

El Simposio concluyó con la presentación del “Centro de protección de la infancia”.

Se trata de una iniciativa surgida en Alemania, y asumida por la Pontificia Universidad Gregoriana, y que tiene como finalidad la capacitación de agentes de pastoral para prevenir los casos de abuso.

El Centro ofrecerá formación profesional en este campo, sobre todo a través de internet. Hasta hoy se ofrece la información en alemán e inglés. Se está trabajando en la traducción de los materiales en las lenguas más difundidas, entre ellas el castellano.

En los próximos tres años está prevista su implementación en ocho países del mundo. Aquí en América latina tendrá una sede en Ecuador y otra en Córdoba, Argentina. Posteriormente se irá ampliando la oferta.

Tenemos mucha esperanza en esta iniciativa, que ya ha dado buenos frutos en Alemania.

Periodista: Ximena Díaz R.
Oficina de Prensa
Arzobispado de Mendoza