Ceremonia Bendición de los Frutos 2012

 

Mensaje de Mons. José María Arancibia en la ceremonia de la Bendición de los Frutos. Vendimia 2012

"Agradecemos a Dios los frutos del trabajo en los viñedos y permanecemos unidos a Él para dar frutos de justicia, amor y paz"

1. Los viñedos forman parte de nuestra querida Mendoza. Nadie podría conocerla, ni sentir hablar de ella, sin saber de sus viñas, de sus bodegas y de sus ricos vinos. Completan la imagen esta tierra: sus olivares, chacras y frutales. Una riqueza que nos honra, que agradecemos, y que a su vez, nos compromete.

Hoy comienza la fiesta grande de la vendimia, con la que culminan los festejos de las comunidades locales. Queremos hacerlo dando gracias a Dios, como pueblo creyente y agradecido. De nuestros mayores, tanto judíos como cristianos, hemos aprendido a cantar, mientras trabajamos, reconociendo la obra del Señor:

“Haces brotar la hierba para el ganado
y las plantas que el hombre cultiva,
para sacar de la tierra el pan
y el vino que alegra el corazón del hombre” (Salmo 104,14).

2. La viña era conocida y apreciada en tiempos de Jesús. Al cultivarla con esfuerzo, para obtener sus frutos, el pueblo esperaba gozar de ellos y ganar dinero. Al mismo tiempo iba entendiendo, que la viña era símbolo del mismo pueblo. Por eso aparece en la Biblia más de 160 veces. Cada viñedo era sin duda signo del trabajo del hombre y de su familia; de sus fatigas y desvelos. A su vez, era también símbolo de un pueblo, regalado y cuidado por el Dios, que se daba a conocer, al modo de un agricultor cuidadoso, atento a las necesidades de sus hijos e hijas.

Jesús trabajó muchos años como artesano en el taller de José, su padre adoptivo. Al comenzar luego su predicación, se manifestó como un verdadero maestro. Conocía bien a su gente y sus costumbres. En su enseñanza utilizó imágenes de la vida cotidiana. Entre ellas, la figura de la vid y los sarmientos, como escuchamos en el Evangelio proclamado. En otros pasajes, usará la comparación de la viña arrendada, de los obreros desocupados, del jornal cotidiano. Para dirigirse a su gente, se valdrá asimismo de metáforas que incluyen: la semilla que esparce el sembrador; la levadura que fermenta la masa del pan; la cosecha que tiene su tiempo oportuno.

3. Jesús no fue admirado solamente como un maestro sabio e ingenioso. Había venido para revelar el Reino de Dios, que Él mismo comenzó con su palabra y en su persona. Confirmó así la fe de los creyentes en un Dios Creador y Padre providente. Más aún: ofreció los signos para ser reconocido como el Mesías esperado, ungido por el Espíritu. Siendo el Hijo de Dios hecho hombre, compartió con nosotros todas las realidades humanas, menos el pecado. Desde entonces, todas las personas y pueblos, sus esfuerzos y trabajos, han adquirido una especial dignidad. En un supremo gesto de amor, entregó su vida libremente, para ofrecer a quienes confiaran en Él, la vida nueva y eterna, en donde se encuentra su perdón y su paz; aún la fuente más grande del amor.

4. Como obispo de Mendoza, me complace presidir hoy el rito de bendición y acción de gracias. Esta noche traemos a la memoria y al corazón: personas, esfuerzos, afanes y dolores, que permiten llegar a la vendimia, que es tiempo maduro. Unos han obtenido el éxito que corona su trabajo. Otros han sufrido pérdidas que afligen y preocupan. Entonces es momento de agradecer, y de disponerse para compartir. Un corazón realmente agradecido aprende a ser solidario con quien lo necesita y sufre. En verdad, nada podríamos haber logrado, sin la ayuda de Dios, que es padre de todos. Con otro salmo canta el pueblo su confianza en el Señor, usando expresivas imágenes:

“Si el Señor no edifica la casa,
en vano trabajan los albañiles;
si el Señor no custodia la ciudad
en vano vigila el centinela.
Es inútil que madruguen;
que velen hasta muy tarde
y se desvivan por ganar el pan:
¡Dios lo da a sus amigos mientras duermen!” (Salmo 127,1-2)

Por tanto, es bueno y saludable, que la amistad con Dios, ocupe un lugar importante en la vida. De esa manera, nunca estamos solos, ni disfrutamos solos de la vida.

5. Siguiendo ahora la imagen del Evangelio: Nos alegramos por los sarmientos que nada ni nadie separó de la planta, porque así pudieron dar fruto en abundancia. Se mantuvieron unidos a la cepa, y a su corriente vital. Sus frutos permitirán elaborar sabroso vino y obtener buenos ingresos. Demos gracias por este ciclo de trabajo intenso, que alegra los corazones y brinda bienestar a personas, familias y pueblos.

Ahora tenemos la oportunidad de agradecer a Dios, y de renovar el deseo de permanecer unidos a Él, que es padre y amigo de los hombres. En Dios encontramos vida desbordante, que es fuente de amor y de justicia verdadera. Su amistad suscita vínculos fraternos y de solidaridad generosa, entre los hombres y los pueblos. En cambio, romper vínculos con el creador y redentor seca el corazón y empobrece la existencia, aunque tengamos graneros llenos y lagares desbordantes.

¿Y qué decir de la poda, de la que habla el Evangelio? La gente que conoce de viñedos, y la que trabaja en ellos, sabe muy bien cómo y para qué se poda. ¿Tiene, además, algún sentido para la vida humana? Bien puede indicar la necesidad de aceptar los inconvenientes y las privaciones del camino. Tanto al plantar o al cosechar, y aún en otras situaciones de la vida, surgen exigencias y obstáculos. Me pregunto: ¿se puede, acaso, lograr una buena producción, sin esfuerzo y perseverancia? ¿Se podrá edificar una vida sobre sólidos valores humanos, sin laboriosidad y abnegación? ¿Podremos conformar un pueblo unido y solidario, sin el compromiso de superar el egoísmo y la corrupción?

La Virgen de la Carrodilla nos acompaña; como siempre. María es la fiel servidora del Señor, en cuyo seno se hizo fruto el amor y la misericordia de Dios. Ella nos ayude a bendecir esta noche, con palabras de la Biblia, que expresan el consuelo recibido de lo alto y la dicha de compartirlo.

“Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos reconforta en todas nuestras tribulaciones, para que nosotros podamos dar a los que sufren el mismo consuelo que recibimos de Dios” (2 Cor 1,3-4).

Amén