Cuaresma: gracia, amor incondicional y alegría

 

Por Mons. Sergio O. Buenanueva, obispo auxiliar

Este miércoles iniciamos la Cuaresma. En el centro de la espiritualidad del tiempo cuaresmal está el sacramento del Bautismo.

La meta, pues, de las prácticas cuaresmales es la renovación de la gracia bautismal por la que hemos sido lavados, purificados y hechos creaturas nuevas.

Una palabra cuaresmal clave es: “conversión”, o también: “penitencia”. Apuntan a lo mismo: la renovación interior del hombre, de su mente, de su corazón, de sus deseos más profundos. “Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme”, reza David en el salmo penitencial por antonomasia, el Salmo 50.

Atención. Esta renovación interior no está al alcance del esfuerzo humano. El hombre, por sus solas fuerzas naturales, no puede alcanzar la meta de este cambio decisivo de orientación de su vida.

La conversión es una gracia, en el sentido más estricto que esta palabra tiene en el lenguaje cristiano: acción de Dios en el alma que arranca al hombre del dominio de las tinieblas y lo transforma a imagen y semejanza de su Hijo.

Por eso, la espiritualidad de la Cuaresma es una espiritualidad del corazón contrito y humillado, al decir también del Salmo. Es una espiritualidad de la humildad.

En Cuaresma estamos invitados a acercarnos a Dios como el mendigo levanta su mano pidiendo misericordia. Solo el que se reconoce pecador puede vivir la alegría del perdón y de la paz que Dios da a todos en Jesucristo.

Sin embargo, aquí también es importante mirar bien las cosas: en Jesús, Dios mismo se ha hecho mendigo del hombre. En la Encarnación, el Hijo de Dios se ha identificado con la humanidad caída y pecadora. La mano que se levanta pidiendo el perdón y la paz está sostenida por la mano traspasada del Crucificado.

El mensaje central de la Cuaresma es profundamente esperanzador: el hombre no está solo, incluso en su postración más grande. Dios está con él. Dios, en Cristo, se ha hecho una sola cosa con él. En Cristo, el pecador encuentra el abrazo de Dios que lo levanta, lo purifica y lo transforma.

Solo el amor incondicional cambia la vida de las personas. Solo un amor así rompe la dureza de piedra del corazón humano, manifestación más dramática del poder del pecado que clausura al hombre sobre sí mismo.

En Cuaresma, estamos invitados a escuchar nuevamente la Buena Noticia del amor incondicional de Dios por el hombre, a acogerlo con espíritu humilde y con alegría de corazón.

El ayuno, la oración y la limosma son las prácticas externas a través de las cuales manifestamos nuestra apertura humilde a la acción de Dios en nuestra vida. Son la puerta que le abrimos a la gracia transformante de Dios.

¡Una santa Cuaresma para todos!