La bondad de Dios anima nuestra esperanza

 

Homilía de Mons. José María Arancibia en la celebración de la Solemnidad de la Natividad del Señor

"En este tiempo, los cristianos nos hemos sentido llamados a ser: constructores de justicia y de paz; miembros responsables y solidarios de la sociedad; cultivadores de auténticos valores humanos. ¿Tendremos audacia y fuerza para cumplir este objetivo?"

Texto del Mensaje

1. ¿Que significa Navidad para los cristianos?


La pregunta puede parecer innecesaria. Navidad es una fiesta bien conocida. Celebrada por la mayoría del pueblo, si bien de diferente modo. La esperamos y preparamos. En torno a esa fecha, intercambiamos saludos y buenos deseos. Como pastor, me interesa sin embargo volver a destacar su significado. Aún los temas importantes de la vida, necesitan ser descubiertos y valorados de nuevo.

Navidad no es sólo el recuerdo de un hecho pasado. Sí es un acontecimiento histórico, pero por sobre todo es un “misterio”. ¿Algo oscuro e incomprensible? Al contrario: un suceso donde Dios mismo se manifiesta, marcando para siempre la historia humana, con su sabiduría y poder. Presencia donde Él se acerca y se deja encontrar. Aunque al mismo tiempo queda oculta su grandeza en los signos humanos que la ofrecen. Por eso es objeto de la historia contada, pero más todavía de la fe vivida. Puede ser narrada y descripta, pero sobre todo descubierta por el corazón creyente, que se admira, se alegra y agradece este don inefable.

2. Navidad: gran fiesta de la Bondad

La Navidad parece rodeada de un aire casi mágico de bondad. Como si -por un día- todos se sintieran buenos. Al menos, con ganas de hacer el bien. Luces, ángeles y regalos son parte de la fiesta. Muchos adornos embellecen casas, negocios y calles.

Entre tanto, resuena con fuerza la palabra de Dios: se ha manifestado la bondad de Dios, que viene como Salvador, y que ama a los hombres (cf Ti 3,4). Éste es el anuncio gozoso y siempre nuevo, que da sentido a Navidad. Un hecho de antes, válido para hoy, y para siempre. Necesario además, porque “éramos insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de los malos deseos” (Ti 3,3). Y Dios quiso salvarnos de tal condición, no por las obras buenas que hacíamos y ahora hacemos, sino “solamente por su misericordia” (Ti 3,5). No nos ofendemos que la Escritura hable en este pasaje de maldad, envidia y odio entre la gente. Nosotros mismos lo comentamos y lamentamos, hasta perder a veces la esperanza y el aliento.

Pero qué consoladora y hermosa es la convicción de que Dios ha venido para perdonar y renovar; para ofrecer un nuevo nacimiento por el Espíritu, y la vida eterna en herencia. Vida que desde ahora consiste en su gracia, su paz y su amistad.

3. En Jesús, Dios colma profundos anhelos humanos

Las lecturas bíblicas recuerdan las antiguas profecías, que alimentaron la esperanza del antiguo pueblo, y que sostienen también la nuestra. El anuncio debía extenderse, hasta alcanzar el confín de la tierra. Dios ha querido abrazar a la humanidad entera. Por eso el profeta anuncia, a los cuatro vientos, a un Dios salvador y victorioso. Vencedor de males todavía mayores que las guerras humanas. ¿Cuál es el fruto de su venida? El pueblo creyente y confiado se siente consolado. Puede salir a contar su alegría. Dios promete convertirlo en un pueblo santo, de corazón limpio. Un pueblo que se encontró con Dios, porque Él mismo lo buscó, de manera que nunca más tendrá que sentirse abandonado (cf Is 62,11-12).

Navidad nos presenta aquella promesa, cumplida para siempre en Jesús. En Él se hacen posibles todos los grandes deseos y se superan todos los males. ¡Qué bella y acertada es la invitación de san Juan de la Cruz: “pongan sus ojos en él, y hallarán más de lo que piden y esperan”.

4. La esperanza en el misterio de Navidad nunca defrauda

La venida de Jesús, el Hijo de Dios nacido de María, y por nuestra salvación, es fruto del amor divino. No tenemos méritos propios, sino necesidad severa, para ser visitados por Él. Entonces, ser objeto del cuidado amoroso de Dios, que busca a su pueblo para perdonarlo y salvarlo, nos llena de alegría y de confianza. La convicción del apóstol Pablo es capaz de orientar toda una vida: “y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones ... “ (Rom 5,5).

En este tiempo, los cristianos nos hemos sentido llamados a ser: constructores de justicia y de paz; miembros responsables y solidarios de la sociedad; cultivadores de auténticos valores humanos. ¿Tendremos audacia y fuerza para cumplir este objetivo? La fe nos hace más concientes de este proyecto de Dios, y también de nuestra debilidad para llevarlo a cabo. Al mismo tiempo, la esperanza que brota de la fe, afianza el corazón en la presencia del Salvador y en los frutos del encuentro con Él. Las luces y regalos de Navidad, son símbolos de cada familia y de cada pueblo, que recibe con gozo la gracia de Dios, y se siente transformado. Las actitudes para acoger de corazón ese don divino, están representadas en los pastores, llegados al pesebre de Belén:

- Con un corazón sencillo, renovemos la confianza en el misterio de Navidad, y vayamos contentos hacia Jesús, que ofrece más de cuanto podemos anhelar
- Como los personajes del pesebre, miremos con admiración a cuantos siguen buscando a Jesús, para ser artífices de un mundo más humano
- Guardemos en el corazón, como María, todo cuanto Navidad significa y promete, porque Dios hará brotar frutos siempre mejores de la unión estrecha con Él.