Bendición del templo restaurado de Luján de Cuyo

 

Homilía de Mons. José María Arancibia en la celebración de la reinauguración del Santuario de Luján de Cuyo. 8 de diciembre de 2011

"Jesús es el templo nuevo y definitivo, no hecho por mano humana, en el cual el Verbo de Dios puso su morada entre los hombres (Jn 1,14). No hay sobre la tierra otra presencia divina más plena y segura que: Cristo resucitado".

Mensaje

1.
Como obispo diocesano, me complace compartir el gozo y la acción de gracias de esta comunidad. Me sumo de corazón a los agradecimientos expresados, ante todo a Dios Nuestro Señor; a los párrocos Roccuzzo y Laporte; a las personas que diseñaron y ejecutaron la obra; y a cuantos contribuyeron para hacerla posible.

2. Todos estamos admirados de la dignidad y hermosura de este templo, ahora recuperado. Al inaugurarlo con alegría, los invito a renovar nuestra fe y esperanza en JESUCRISTO.

El niño Jesús fue presentado por sus padres en el templo de Jerusalén, como mandaba la ley (Lc 2,22). Y a los doce años, fue allí con ellos, en peregrinación (Lc 2,41-42). Su palabra iluminó a judíos y samaritanos, que disputaban el lugar donde Dios debía ser adorado. Dijo: “llega la hora en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad" (Jn 4,23). ¿Descartaba la necesidad de un templo? Más bien atraía la atención hacia sí mismo. Había dicho que el templo debía ser destruido y reedificado. Pero refiriéndose al templo de su cuerpo. Por su muerte y resurrección iba a cumplir la voluntad del Padre, y así salvar a la humanidad. Sólo al final, los discípulos lo entendieron (Jn 2,21-22).

Jesús es el templo nuevo y definitivo, no hecho por mano humana, en el cual el Verbo de Dios puso su morada entre los hombres (Jn 1,14). No hay sobre la tierra otra presencia divina más plena y segura que: Cristo resucitado. Él está vivo y presente en medio nuestro. Pablo escribe: en Él “habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad” (Col 2,10). Él es el misterio de Dios, “en quien están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Col 2,2). La fe en Cristo nos permita afirmar con plena y profunda convicción:
-Él muestra los secretos del Padre que nos ama, y en Él tenemos acceso al Padre.
-Creyendo en Él, somos hijos, y entramos en la intimidad del amor trinitario.
-En Él somos reconciliados con Dios y entre nosotros; lavados, sanados y consolados.
-En Él y por Él pedimos confiadamente todo lo que necesitamos, y somos escuchados.

¿Dónde podríamos encontrar la presencia de Dios más cercana y accesible?

3. MARÍA fue concebida pura y limpia, sin marcha de pecado, para recibir en su seno al Verbo Eterno de Dios. Esa es la razón del privilegio de gracia que hoy celebramos. El santo obispo Anselmo lo decía orando de manera muy bella:
“Dios, a su Hijo, el único engendrado de su seno igual a sí, al que amaba como a sí mismo, lo entregó a María; y de María se hizo un hijo, no distinto, sino el mismo, de suerte que por naturaleza fuese el mismo y único Hijo de Dios y de María. Toda la naturaleza ha sido creada por Dios, y Dios ha nacido de María. Dios lo creó todo, y María engendró a Dios. Dios, que hizo todas las cosas, se hizo a sí mismo de María; y de este modo rehizo todo lo que había hecho. El que pudo hacer todas las cosas de la nada, una vez profanadas, no quiso rehacerlas sin María.”

La hermosura incomparable de María, nuestra Madre, anima la ESPERANZA de los cristianos. Dios hizo en Ella maravillas, como cantamos con sus mismas palabras. Desde su Concepción Inmaculada hasta la Asunción al cielo, la fue embelleciendo siempre más. Y María cooperó siempre con humildad y serena confianza.

El Adviento invita a levantar los ojos porque viene la liberación de todo mal. Y al celebrar esta fiesta de María, la contemplamos como figura de todo un pueblo sanado y embellecido por la gracia divina. Un pueblo amado por Dios, que sigue haciendo prodigios para perdonar y reconciliar, para llamar y reunir a hijos dispersos y distanciados. Este pueblo somos nosotros, la Iglesia de Jesucristo, que camina entre dificultades y peligros, pero que Él mismo cuida y protege como su rebaño. Imágenes de María Inmaculada han guiado y alentado al pueblo de Dios en su camino:
-Una hermosa señora, vestida de blanco, se dio a conocer en Lourdes a Bernardita
-Otra pequeña figura quiso quedarse en Luján, y hoy se adorna con la bandera argentina
-La morenita del Valle de Catamarca, inspiró lazos de amistad entre españoles e indios.

4. Al bendecir este amado templo, restaurado con esfuerzo, revivimos entonces nuestra fe en Jesucristo, Hijo de Dios y Salvador, engendrado en las puras entrañas de María Santísima. Al mismo tiempo, nos reconocemos como la Iglesia de Cristo. Hemos sido “edificados sobre los apóstoles y profetas, que son los cimientos, mientras que la piedra angular es el mismo Jesucristo” (Ef 2,20). En ese templo viviente, los cristianos somos las piedras vivas con las cuales se construye (cf 1 Pe 2,4-5). Por lo tanto, donde hay una comunidad creyente, allí se levanta y construye la Iglesia, sobre el mismo Jesucristo. Dios misma la edifica, con nosotros, sobre esa roca sólida; y construida la sigue amando y guiando, mientras le da nombres significativos: Esposa engalanada para el Esposo; Pueblo de Dios; Cuerpo místico de Cristo; templo del Espíritu Santo.

Mientras la Iglesia peregrina en esta tierra lejos del Señor (cf. 2 Cor., 5,6), se considera como desterrada, de forma que busca y piensa las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios, donde la vida de la Iglesia está escondida con Cristo en Dios, hasta que se manifieste gloriosa con su Esposo (cf. Col., 3,1-4). Es el tiempo de la peregrinación en la fe y la esperanza, entre luces y sombras, en medio de alegrías y penas compartidas. De la Palabra escuchada y puesta en práctica; del amor comprometido; de los misterios celebrados para alimentar la vida y la marcha cotidiana.

5. Por último, recuerdo la reflexión que hicimos juntos, cuando el templo ya no podía usarse y se buscaban posibles caminos. Los animé entonces a reconocer y sostener la comunidad parroquial, como templo vivo del Dios viviente. Hoy, congregados de nuevo en el templo reconstruido, me animo a decirles con mayor razón y tomando palabras del santo obispo Agustín:

“… por la fe, los hombres somos como tablas y piedras tomadas de bosques y montes para la construcción; mediante el bautismo, la catequesis y la predicación, son talladas, labrados y escuadrados; pero sólo se convierten en casa de Dios cuando se unen unos a otros mediante la caridad, entonces se convierten de verdad en casa de Dios y no hay peligro de que se derrumbe” (Sermón 336). Ese crecimiento constante en el amor, es el que hoy pido para ustedes; con estas palabras de una oración rezada por el beato Juan Pablo II a la Virgen Inmaculada:

Sé tú quien guíe a sus hijos en la peregrinación
de la fe, haciéndolos cada vez más
obedientes y fieles a la Palabra de Dios.
Sé tú quien acompañe a cada cristiano en
el camino de la conversión y de la santidad,
en la lucha contra el pecado y en la búsqueda
de la belleza auténtica, que es siempre
impronta y reflejo de la Belleza divina.