A cincuenta años de la coronación pontificia

 

Homilía de Mons. José María Arancibia en la Celebración de la Misa por los 50 años de coronación pontificia de Nuestra Señora del Rosario. 21 de octubre del 2011

"Como obispo de Mendoza, y animado por esta experiencia de fe, hoy agradezco de nuevo el patronazgo de María del Rosario, y le ruego por este pueblo cristiano, que la quiere y la invoca. Inclinado ante nuestra Madre y Señora, le digo:

Señora y Patrona nuestra: ayúdanos a ser creyentes convencidos y auténticos discípulos de Jesús, tu Hijo. Acompaña nuestra camino, para vivir cada día el amor abnegado y solidario del Evangelio. Ruega para que, como verdadero misioneros, nos interese el bien espiritual y material de todos los mendocinos. No permitas que perdamos de vista la meta de la patria celestial, donde tendremos la corona y el tesoro, que no se corrompen".

Texto de mensaje

1. La piedad de nuestro pueblo nos acompaña y educa


La predicación actual no suele incluir largas consideraciones históricas. Sin embargo, un pueblo expresa su fe, y se afianza en ella, repasando la piedad de sus antepasados, y expresando su gratitud, tanto a Dios como a todos ellos.

La religiosidad de Mendoza estuvo marcada desde siempre por la devoción a María Santísima, en sus diversas advocaciones. Entre ellas, la del santo Rosario. Con razón se ha dicho, que Mendoza es “tierra de María”.

La imagen histórica que se venera en este templo fue traída por el dominico Fray Juan Vázquez, en 1590. Es decir, pocos años después de la fundación de la ciudad (1561). En torno a esta imagen, el pueblo expresó su fe y confianza en María; en especial, durante las epidemias, terremotos y en otras situaciones difíciles. Bajo esta advocación del Rosario, María se conquistó el título de “patrona”, por la constante protección, y por los beneficios espirituales y materiales, que otorgó a los mendocinos.

El mismo pueblo la juró por patrona, ya en 1737; dándole como obsequio una corona. Título significativo, reconocido poco después, por el cabildo civil, y por el obispo de Santiago de Chile (1760). Hacia el final del siglo XVIII, el Papa Pío VI extendió su patronazgo a todo Cuyo (1790), donde cada una de las ciudades veneraba además, como patronos secundarios a: Santiago Apóstol, san Juan Bautista y san Luís Rey. En el siguiente siglo, dos gobernadores de Mendoza, Justo Correas y el general Segura, confirmaron dicho título, y regalaran a la imagen otra corona y un bastón de mando (1839 y 1856). En ese mismo siglo XIX, la iglesia de los dominicos se incendió, y la imagen pudo ser rescatada, pero sufrió daños al caer. Años más tarde se salvó del terrible terremoto de 1861, y fue colocada bajo un parral, donde según el testimonio del mayordomo de la cofradía: “quiso quedarse con nosotros en este cataclismo para ser esperanza y consuelo de los sobrevivientes”.

Cerca de nuestro tiempo -en el año 1953- los tres obispos de Cuyo, reafirmaron el patrocinio de la Virgen del Rosario sobre la región, en un gesto de admirable comunión eclesial. Los acompañaban delegaciones diocesanas y misioneros de diversas comunidades. Por entonces (1954), también los padres dominicos solicitaron a la Santa Sede la coronación pontificia de la imagen, contando con la recomendación de Mons. Alfonso Buteler. La carta del arzobispo mencionaba el patronazgo declarado varias veces por el pueblo y las autoridades, y la valiosa protección obtenida en grandes calamidades. “En el magnífico templo, próximo a terminarse del convento dominicano”, -escribía Mons. Buteler- la imagen recibe un “culto serio, filial y eucarístico”.

Aunque desde Roma llegó pronto la gracia pedida, aquellos años fueron difíciles en la Argentina, tanto en lo político como en lo religioso. El momento solemne de la coronación tuvo que esperar todavía unos siete años. Finalmente, todo fue preparado con entusiasmo y solemnidad, para octubre de 1961; fecha de la cual celebramos hoy: 50 años.

Ese mismo año, con una carta pastoral, el arzobispo de Mendoza animaba a una vida cristiana más fiel, advirtiendo a los católicos sobre los peligros del momento. La exhortación del pastor estuvo seguida de una misión que duró varias semanas, predicada por muchos misioneros, dominicos, claretianos, sacramentinos y capuchinos. Los centros de misión fueron 44; sobre todo de Mendoza, pero también en San Juan y San Luís.

El acto solemne de coronación tuvo luego el 21 de octubre, en la plaza Independencia, y continuó al día siguiente. Con los obispos diocesanos de Cuyo, entre quienes ya se contaba el de San Rafael, participaron y predicaron el Arzobispo de Córdoba y los superiores de la Orden de Santo Domingo. Un año antes, por la misma fecha (22/10/60), había sido consagrado el altar mayor y bendecido el nuevo camarín.

2. ¿Por qué coronamos la imagen de María?

La costumbre de representar a la Virgen con una corona real, proviene del siglo V (Concilio de Éfeso 431), tanto en Oriente como en Occidente. También se la pintó sentada en un trono regio, o recibiendo una corona de manos del Redentor. ¿Por qué los cristianos han querido venerar a María como Reina? Es hermoso y saludable repasarlo:

a) Ella es Madre del Hijo de Dios y del Mesías Rey. Madre del Verbo, por el cual fueron creadas todas las cosas (cf Col 1,16). Madre del Hijo de David: por eso el ángel le dijo en Nazaret, acerca de Jesús: “él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin( (Lc 1,32-33). Su prima Isabel la llamó “madre de mi Señor” (Lc 1,43).

b) María es admirable colaboradora del Redentor. Como nueva Eva, tuvo parte relevante en la obra salvadora con la que Cristo, nuevo Adán, nos redimió y adquirió para sí; no con oro ni plata, sino con el precio de su sangre.

c) Ella es la perfecta discípula de Cristo. Al dar su sí al plan de Dios y peregrinar en la fe, escuchando y guardando la Palabra, al permanecer al pie de la cruz y perseverar en la oración, es digna -como nadie- de recibir la “corona de la vida” (Ap 2,10), o “corona de gloria que no perece” (1 Pe 5,4), prometida a los discípulos fieles. La Iglesia proclama: “terminado el curso de la vida terrena, fue asunta a la gloria celestial en alma y cuerpo, y enaltecida por el Señor como Reina del Universo, para que se asemejará más plenamente a su Hijo, Señor de los que dominan (Ap., 19,16) y vencedor del pecado y de la muerte” (LG 59).

d) María es miembro eminente de la Iglesia. En Ella culmina el antiguo pueblo y comienza la aurora del nuevo pueblo. Ella es “la parte mayor, la parte mejor, la parte principal y más selecta de la Iglesia” (Pablo VI). Si la Iglesia es raza elegida, sacerdocio real, nación consagrada (1 P2 2,9), la Virgen sobresale en este pueblo por su virtud y su belleza. Ella no sólo honra al pueblo de Dios, sino que ennoblece a todo el género humano (cf MC).

3. ¿Qué le pedimos al coronarla?

La costumbre de coronar imágenes de María fue creciendo, y dio lugar a un rito especial de la liturgia romana (compuesto en s. XVII, incorporado al Pontifical en el siglo XIX). Es interesante volver hoy a meditar y orar, con las palabras del ritual que fueron pronunciadas aquí hace cincuenta años.

Después de reconocer los motivos para honrar a María como Reina, el obispo pide por su pueblo y lo anima a avanzar en el camino de la vida cristiana. Primero, los presenta a Dios como fieles creyentes: “Mira, Señor, tus servidores que reconocen en tu Hijo al Rey del universo e invocan como Reina a la Virgen María”. Luego ruega por ellos, a fin de que ofrezcan su vida a Dios, como María, y crezcan en virtudes cristianas: “... que siguiendo su ejemplo, te consagren su vida, y cumpliendo la ley del amor, se sirvan mutuamente con diligencia; que se nieguen a sí mismos, y con entrega generosa ganen para ti a sus hermanos”. Concluye pidiendo que a través de una existencia sencilla alcancen la gloria del cielo y la corona prometida: “... que buscando la humildad en la tierra, sean un día elevados a las alturas del cielo, donde tú mismo pones sobre la cabeza de tus fieles, la corona de la vida”(Pontifical Romano).

Como obispo de Mendoza, y animado por esta experiencia de fe, hoy agradezco de nuevo el patronazgo de María del Rosario, y le ruego por este pueblo cristiano, que la quiere y la invoca. Inclinado ante nuestra Madre y Señora, le digo:

Señora y Patrona nuestra: ayúdanos a ser creyentes convencidos y auténticos discípulos de Jesús, tu Hijo. Acompaña nuestra camino, para vivir cada día el amor abnegado y solidario del Evangelio. Ruega para que, como verdadero misioneros, nos interese el bien espiritual y material de todos los mendocinos. No permitas que perdamos de vista la meta de la patria celestial, donde tendremos la corona y el tesoro, que no se corrompen. Amén.