Sacerdocio y celibato en el pensamiento del Papa

 

El pasado 22 de diciembre, el Papa Benedicto XVI tuvo el tradicional discurso de fin de año a la Curia romana.

Repasando el viaje a Baviera, habló con palabras inspiradas del sacerdocio y del celibato.

Ofrezco a continuación una traducción de estos párrafos. Los ofrezco, ante todo, a los hermanos sacerdotes. Creo que su lectura atenta puede reavivar en nosotros las ascuas del amor primero.

El sacerdocio permanecerá para siempre "amoris officium".

Los títulos los he puesto yo, como también la división en párrafos. En el texto original son dos densos párrafos, dedicados cada uno a los dos puntos (sacerdocio y celibato).

El contexto inmediato -como decía arriba- es una reseña del viaje pastoral a Baviera. El lema de dicho viaje fue: “El que cree nunca está solo”.

“Sin embargo -añade el Papa- su verdadero tema -y bajo ciertos aspectos- su único tema es «Dios». El gran problema de Occidente es el olvido de Dios: es un olvido que se difunde.

En definitiva, todos los problemas singulares pueden ser reconducidos a esta pregunta. Estoy convencido de ello.”
A continuación el texto. ¡Qué sea de provecho!

El sacerdote: “hombre de Dios”

Con el tema de Dios estaban y están vinculados dos temas que dieron su impronta a las jornadas de la visita a Baviera: el tema del sacerdocio y el del diálogo.

Pablo llama a Timoteo -y en él al Obispo, y en general, al sacerdote- “hombre de Dios” (1 Tim 6,11). Es esta la tarea central del sacerdote: ser portador de Dios a los hombres.

Ciertamente solo puede hacerlo si él mismo viene de Dios, si vive con y desde Dios.

Esto está maravillosamente expresado en el versículo de un Salmo sacerdotal que nosotros -la vieja generación- hemos pronunciado durante la admisión al estado clerical: “El Señor es la parte de mi herencia y mi cáliz: en tus manos está mi vida” (Sal 16 [15], 5).

El orante-sacerdote de este Salmo interpreta su existencia a partir de la forma de distribución del territorio fijada en el Deuteronomio (cf. 10,9).

Después de la toma de posesión de la Tierra, cada tribu obtiene por medio de un sorteo su porción de la Tierra santa y con esto toma parte en el don prometido al patriarca Abrahám. Solo la tribu de Leví no recibe ningún territorio: su tierra es Dios mismo.

Esta afirmación tenía ciertamente un significado del todo práctico. Los sacerdotes no vivían, como las demás tribus, del cultivo de la tierra, sino de las ofrendas. Es más, la afirmación cala mucho más hondo. El verdadero fundamento de la vida del sacerdote, el suelo de su existencia, la tierra de su vida es Dios mismo.

La Iglesia, en esta interpretación veterotestamentaria de la existencia sacerdotal -una interpretación que emerge repetidamente también en el Salmo 118 [119]- ha visto con razón la explicación de lo que significa la misión sacerdoal en la escuela de los Apóstoles, en la comunión con Jesús mismo.

El sacerdote puede y debe decir también hoy como el levita: “Dominus pars hereditatis meae et calicis meis”. Dios mismo es mi parte de tierra, el fundamento externo e interno de mi existencia.

Esta teocentricidad de la existencia sacerdotal es necesaria justamente en nuestro mundo totalmente funcionalista, en el que todo está fundado sobre prestaciones calculables y verificables.

El sacerdote debe verdaderamente conocer a Dios desde dentro y llevarlo así a los hombres: es este el servicio prioritario del que la humanidad de hoy tiene necesidad.

Si en una vida sacerdotal se pierde esta centralidad de Dios, se vacía paso a paso también el celo por el obrar. En el exceso de las cosas externas falta el centro que da sentido a todo y lo reconduce a la unidad.

Le falta el fundamento de la vida, la “tierra” sobre la cual todo esto puede estar y prosperar.

El celibato sacerdotal: testimonio de la concretez y realidad de Dios

El celibato, que rige para los Obispos en toda la Iglesia oriental y occidental y, según una tradición que se remonta a una época vecina a la de los Apóstoles, para los sacerdotes en general en la Iglesia latina, puede ser comprendido y vivido, en definitiva, solo en base a esta impostación de fondo.

Las razones solamente pragmáticas, la referencia a una mayor disponibilidad, no bastan: una tal mayor disponibilidad de tiempo podría fácilmente devenir también una forma de egoísmo, que se ahorra los sacrificios y las fatigas requeridas del aceptarse y soportarse mutuamente propios del matrimonio; podría así conducir a un empobrecimiento espiritual o a una dureza de corazón.

El verdadero fundamento del celibato puede ser resumido solo en la frase: Dominus pars - Tú eres mi tierra. Puede ser solo teocéntrico. No puede significar vivir privados del amor, sino que debe significar un dejarse poseer por la pasión por Dios, y aprender después gracias a un íntimo estar con Él, a servir a los hombres.

El celibato debe ser un testimonio de fe: la fe en Dios llega a ser concreta en aquella forma de vida que solo tiene sentido a partir de Dios.

Apoyar la vida sobre Él, renunciando al matrimonio y a la familia, significa que yo acojo y experimento a Dios como realidad y por eso puedo llevarlo a los hombres.

Nuestro mundo totalmente positivista, en el que Dios entra en juego a lo sumo como hipótesis, pero no como realidad concreta, tiene necesidad de este apoyarse sobre Dios en el modo más concreto y radical posible.

Tiene necesidad del testimonio a favor de Dios que está en la decisión de acoger a Dios como tierra sobre la cual se funda la propia existencia.

Por eso el celibato es tan importante justamente hoy, en nuestro mundo actual, también si su cumplimiento en esta época está continuamente amenazado y puesto en cuestión.

Es necesaria una cuidadosa presentación durante el camino hacia este objetivo; un acompañamiento persistente de parte del Obispo, de los amigos sacerdotes y de los laicos, que sostengan entre todos este testimonio sacerdotal.

Es necesaria la plegaria que invoca sin tregua a Dios como el Dios vivo y se apoya en Él en la hora de la confusión como en la hora de la alegría.

De esta manera, contrariamente al “trend” cultural que busca convencernos que no somos capaces de tomar tales decisiones, este testimonio puede ser vivido y así, en nuestro mundo, puede volver a introducir a Dios como una realidad.

Pbro. Sergio Buenanueva