"He venido para que tengan vida en abundancia"

 

Homilía de Mons. José María Arancibia en la celebración patronal de la Iglesia Diocesana. 2 de octubre de 2011. Anfiteatro Frank Romero Day

He venido para que tengan vida en abundancia

1. Volvamos con cariño la mirada hacia María


Estamos reunidos de nuevo, para celebrar a nuestra patrona: la Virgen del Rosario. Hemos recibido su imagen, cantando y rezando. Estamos contentos de sentir su viva presencia, en esta asamblea del pueblo de Dios. Ella es signo de la Iglesia que formamos: elegida de Dios; toda suya; discípula y Madre; fiel servidora.

Mons. Sergio, como obispo auxiliar, nos ayudó a preparar esta fiesta, con algunas cartas que fueron difundidas. En ellas nos alentó a conocer mejor a María, para amarla de corazón. Espero que hayan podido leerlas y meditarlas. Hoy celebramos la fiesta de María como Patrona: es una ocasión compartida, para descubrirla y quererla, siempre más. En sus manos hemos puesto: todo lo que somos y tenemos, los católicos mendocinos.

Ahora los invito a mirar de nuevo la imagen de María. En ella se refleja toda la belleza que podemos concebir. Por la gracia de Dios es: la toda santa; la toda limpia. La misma Palabra nos ayuda a imaginar su hermosura: está adornada con el sol, la luna y las estrellas. Ha sido llevada al cielo y glorificada, para alentar el camino de los cristianos, y sostener su esperanza. Tiene en sus brazos a Jesús, y en sus manos el rosario. Esa es su figura, hermosa y maternal. Es la patrona de Mendoza, y la llamamos: la Virgen del Rosario.

Como Ella, queremos ser discípulos y seguidores de Jesús. Al rezar el rosario, recitamos una y otra vez: Ave María; y vamos pasando por la memoria y el corazón, los misterios de la salvación. En esta forma de oración, la Virgen nos acompaña a meditar el Evangelio de Jesucristo; nos sentimos llamados a creer y confiar en Él, como redentor del mundo. Abramos el corazón a la Palabra, como María, para darle lugar muy adentro; para meditarla, vivirla y anunciarla, como misioneros de su Hijo. ¡De esta manera quiere vivir el pueblo de Mendoza su devoción a María del Rosario!

2. Invoquemos a María: Madre de la Vida

Este año está dedicado a la vida. Ha sido una oportunidad para agradecer este don maravilloso del Creador. Cada ser humano posee una dignidad especial, porque en él hay un soplo de Dios. Está hecho a imagen suya. Su vocación es la verdad y el amor. Vive para dominar la creación, a fin de hacerla un lugar habitable y compartido. Ustedes lo saben y lo creen. Cada uno está en el mundo, para ser amigo y hermano de muchos; para quererlos y compartir todo con ellos. Su tarea principal es edificar una sociedad en paz y justicia; donde la convivencia armónica y feliz, sea una realidad. ¿Esto es posible? Al pensar en tantas injusticias, pareciera que no. ¡Cuántas veces sufrimos por la impotencia de enfrentarnos con la mentira y la corrupción; con la violencia inhumana o el abuso de poder!.

Volvamos a María, que tiene en sus brazos al Niño, que Ella ha dado a luz. Es el Niño que se nos ha dado; que nació para nosotros. Así cantamos en Navidad. En él está la vida que se nos ha manifestado. En este nacimiento hay un misterio; un gran secreto. Allí se esconde el encuentro de Dios con el hombre. Desde entonces Jesús recorre el camino del hombre, hasta la misma muerte, para hacer brotar vida nueva de su cruz redentora. María acogió la Vida, en nombre de todos, y para bien de todos. En el sí de María dicho al ángel, confirmado en Belén y en el Calvario, comienza el misterio de la vida que Cristo vino a dar a los hombres. ¡Bendita la Madre de aquella Vida! ¡Bendita, porque es Madre de los renacidos a la vida de la gracia, por la fe y el bautismo!

Me atrevo a repetir la oración que he rezado con el pueblo en varias fiestas patronales:
María, te confiamos la causa de la vida; mira a los niños que no han podido nacer; a los pobres que apenas sobreviven; a los hombres y mujeres que sufren violencia; a los ancianos y enfermos sin cuidado ni cariño.

3. María es maestra de sus hijos

La Virgen concibió y dio a luz al Verbo eterno. A Jesús, que era el Mesías, el Señor, como oyeron decir los pastores en Belén. Junto con José, su esposo, María lo cuidó y educó durante treinta años. Él estuvo sujeto a ellos, y de ellos aprendió a hacer de la vida una ofrenda para Dios.

Hoy, al proclamar el valor de la vida humana, se hace más patente la necesidad de la educación. Por eso este año, hemos pedido la ayuda del Señor para los padres, maestros, docentes, catequistas, y comunicadores sociales. Ellos han recibido la tarea delicada de hacer que la vida humana alcance la plenitud, que corresponde a su dignidad. Muchos están preocupados por la educación. La Iglesia se atreve a considerarla en situación de “emergencia”. ¿Por qué? Porque la educación es un derecho de todos, y a nadie le puede faltar su oportunidad. Porque la educación no puede estar centrada, en la urgencia de preparar gente para producir y competir. Tiene que desplegar los mejores valores que enriquecen al ser humano, y ayudarlo a superar cuanto arruina o daña su existencia.

Aun en medio de situaciones difíciles, invocamos a María, llenos de confianza. Ella es admirada como perfecta discípula del Señor. Invocada como Maestra y pedagoga de sus hijos. La piedad popular la venera de mil formas, y Ella va educando a sus devotos, en una fe madura y comprometida. Pidamos, entonces, a la Virgen por las familias, escuelas, colegios y universidades. Ella puede y quiere acompañar todo el proceso formativo; humano y cristiano; personal y comunitario. ¿Por qué confiamos en su ayuda? Porque fue feliz en creer a Dios; porque supo guardar la Palabra en su corazón, y fue dichosa al ponerla en práctica. Porque cumplió su misión por entero. María sigue hoy señalando a Jesús, el único Maestro, con su advertencia maternal: ¡Hagan lo que él les diga! (Jn 2,5).

4. La fiel Servidora inspira a muchos servidores

Es bueno imaginar la vida como un largo servicio sobre la tierra. En verdad, nacemos con vocación de lograr una entrega generosa, y para tal fin debemos formarnos. Es cierto que los criterios del mundo hacen prevalecer el tener, poseer, dominar o figurar. Pero el camino del Evangelio es diferente, y asegura una felicidad más completa y duradera.

Como Iglesia de Jesucristo en Mendoza, tenemos que agradecer la respuesta a su vocación de servicio, que dieron y dan tantos padres de familia, educadores, y catequistas. Gente buena, generosa y abnegada, de antes y de ahora. Dios los bendiga y consuele en sus dificultades. Como obispo les agradezco y los bendigo.

Nuestra gratitud comprende asimismo las vocaciones de especial servicio y radical entrega: religiosos y religiosas, sacerdotes, diáconos. A todos ellos quiero agradecer su entrega, y encomendarlos con sincero afecto. Estoy seguro que la Virgen quiere acompañarlos, estimulando la fortaleza y esperanza que necesitan, sobre todo en los momentos difíciles. No han faltado, por cierto, pruebas fuertes y motivos de renovación. No obstante, nos consuela y alegra la Palabra del Señor: “Alégrense de que sus nombres estén escritos en el cielo” (Lc 10,20). Es decir, ¡estén contentos de haber sido elegidos!.

En especial a los jóvenes, quiero decirles: Es hermoso ser enviado a sembrar la Palabra, y más aún a cosechar la que el Señor siembra en los corazones. Como María, guardemos en el corazón la recomendación reiterada de Jesús: “¡No tenga miedo!”( Mt 10,31). “Les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33).