"Entregar la vida, siguiendo a Jesús y sirviendo"

 

Homilía de Mons. José María Arancibia en las Ordenaciones diaconales. Santuario Nuestra Señora de Lourdes, El Challao. 22 de agosto de 2011

"El diálogo de Dios con cada elegido, lo ha comenzado cuando estábamos en el seno materno. Así de generosa e inmerecida es su gracia. Desde entonces, Él elige y consagra. Toma por entero la vida de quien ha llamado y consagrado, a fin de otorgarle una misión".

Queridos hermanos y hermanas: La Palabra de Dios ha resonado en esta asamblea, con toda su fuerza. Los textos proclamados, fueron elegidos por estos queridos varones, que pronto serán diáconos, por el don del Espíritu. Debo reconocer, que aún siendo pasajes conocidos, me han hecho reflexionar mucho sobre el misterio que celebramos.

1. La vocación es un regalo de Dios, que agradecemos y pedimos

Como el profeta Jeremías, cada uno de nosotros se siente llamado, porque la Palabra de Dios llegó un día a su corazón. El mismo Señor tomó la iniciativa de enviarla, porque Él elige a quien quiere, y sólo lo hace por amor gratuito. Es dirigida a cada uno, en forma de diálogo, íntimo y cercano, esperando una respuesta personal y libre. Pensemos un momento en esa misteriosa invitación de Dios, que alguna vez recibimos, y que seguramente ha resonado más veces en nuestro interior. Dios pone su Palabra cerca nuestro; la ofrece en casa y yendo de camino. Si bien es poderosa y penetrante, más estable que el cielo, el Señor nunca obliga ni presiona con ella. La Palabra es: un regalo más valioso que la plata; lámpara que ilumina el sendero; dulce bocado para quien de ella se alimenta; fuente de vida eterna y dichosa; confidencia que hace del oyente un amigo de Dios.

Ante ella estamos descubiertos y desnudos porque todo lo conoce. Desde siempre y antes de todo lo creado. El diálogo de Dios con cada elegido, lo ha comenzado cuando estábamos en el seno materno. Así de generosa e inmerecida es su gracia. Desde entonces, Él elige y consagra. Toma por entero la vida de quien ha llamado y consagrado, a fin de otorgarle una misión. Tanto es así, que cuando Jeremías se siente rechazado, y quiere quejarse a Dios, debe confesar: “Tú me has seducido y yo me dejé seducir”. El profeta se sentía agobiado; ya no quería anunciar más la Palabra; pero tuvo que reconocer: “Había en mi interior un fuego abrasador, encerrado en mis huesos (Jer 20,7.9).

Queridos ordenandos: deseo vivamente que con esta convicción de fe reciban hoy como diáconos el libro de la Palabra de Dios; porque Él completará hoy su llamado, por la imposición de las manos del obispo, y la gracia del Espíritu Santo. Ustedes pertenecen a la Iglesia de Mendoza, que se ha sentido provocada en estos años por la Palabra y el Espíritu. Y han sido formados para reconocer, que el cristiano no es tanto hombre del Libro, aunque venere las Sagradas Escrituras, sino un creyente en Jesucristo: Palabra eterna del Padre; Palabra abreviada que todo lo contiene, y en quien todo fue dicho.

Si se sienten indignos de un don tan grande, recuerden la confesión de Pablo, anunciada en esta celebración: “investidos misericordiosamente del ministerio apostólico, no nos desanimamos”...”no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús, el Señor” (2 Cor 4,1.5). Bien sabía Pablo cuál era su condición y su pasado. No quería ocultarlo. Pero sabía bien: de quien debía hablar, y en quien podía confiar. Por lo tanto, hermanos, su vocación al ministerio ordenado, reconocida hoy por la Iglesia, es un don de gracia no merecido que deben agradecer siempre con actitud humilde. Recordar que es un don gratuito de Dios, les alegrará el corazón y les dará su justo lugar frente al pueblo de Dios. La diócesis de Mendoza, desafiada y urgida por una evangelización renovada, sigue rogando confiadamente: para tener más cosechadores en la viña del Señor, y por la perseverancia de los ya consagrados. A todos invito, pues, a rogar hoy -con firme esperanza- por esta intención.

2. ¿Por qué se vale Dios de instrumentos y signos tan pobres?

Desde mi lugar de pastor, no dejo de preguntarme, por qué Dios elige y envía a personas débiles y pobres. Los ministros experimentamos a menudo la fragilidad. Más aún, debemos reconocer con sinceridad nuestros errores y límites. Hasta debemos soportar que los enemigos de la Iglesia exageren o generalicen esas faltas, o que se valgan de prejuicios para difamar y desacreditar. No encuentro la respuesta, sino en el misterio de Dios; en su sabia Palabra y en el ejemplo de Jesús. Porque él selecciona con absoluta libertad, y nos obliga a confesar -de mil maneras- que la obra que realizamos es siempre suya.

Es muy auténtico, por lo tanto, el testimonio de Pablo: “llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios” (2 Cor 4,7). Esta conciencia le permitía actuar sin vergüenza y sin doblez. Al contrario, con valentía y coraje. Así lo confiesa él mismo, con una conciencia tranquila y en paz, delante de Dios y de la gente. De la misma manera lo reconocemos hoy, aquí.

Esa es también la experiencia de Jeremías, que se atreve a poner a Dios una objeción: “no sé hablar, soy demasiado joven”. Cada uno de nosotros puede reclamar o quejarse ante Dios, de muchas formas y por motivos verdaderos. Sobre todo en momentos difíciles. Entonces la Palabra resuena en el corazón, repitiendo: “No temas delante de ellos, porque yo estoy contigo para librarte ... el Señor extendió su mano, tocó mi boca y me dijo: Yo pongo mis palabras en tu boca” (Jer 1,8-9). El apóstol atestigua, además, que el mismo Creador del cielo y de la tierra, que separó la luz de las tinieblas, es quien “hizo brillar su luz en nuestros corazones para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios, reflejada en el rostro de Cristo” (2 Cor 4,6). Se trata, entonces, de la experiencia progresiva del encuentro con Jesucristo, porque en su rostro conocemos y amamos la gloria de Dios. Así, pues, contando con palabras divinas en la boca, y con la luz del Creador en el corazón, ¿cómo no afianzar nuestra esperanza de cristianos y de ministros, diciendo con san Pablo:
“Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿no nos concederá con él toda clase de favores?” (Rom 8, 31-32).

3. Entregar la vida, siguiendo a Jesús y sirviendo

De eso se trata. A eso somos llamados. La comparación de Jesús con el grano de trigo expresa bien su vocación y la nuestra. Apegarse a la vida es perderla. Entregarla es dejar que se convierta en vida eterna. Los cristianos conocen bien este ejemplo del Señor y esta invitación suya. No es fácil responder e imitarlo, en un mundo que destaca la libertad personal, la realización de uno mismo, el gozo de los bienes terrenos. Aunque bien nos consta: qué poca felicidad resulta del egoísmo, del placer sin límites, del poco esfuerzo o virtud.

Seguir a Jesús, en cambio, significa ponerse a su servicio. Creer en Él, aceptar y vivir su Palabra. Todo servidor, por tanto, comparte su suerte, participando del misterio pascual, de su muerte y resurrección, por la salvación del mundo. La comparte en su entrega generosa de cada día, sostenida por la Eucaristía, consumada en su destino de gloria eterna, como prometió Jesús. “El que quiera servirme, será honrado por mi Padre”, dice el Señor (Jn 12,26). Así como Él recibe la gloria del Padre (cf Jn 8,50), el discípulo que sirve a Jesús, no buscar el honor para si, ni lo espera de los hombres, sino que quiere ser honrado por el Padre. Su felicidad completa es servir, como hizo Jesús en la cena (cf Jn 13,17); su gozo actual y definitivo, es permanecer en Jesús, para tener su amistad y el amor del Padre.

Me he quedado pensando en el sentido de la frase: “donde yo esté estará también mi servidor” (Jn 12,26). Significa -sin duda- que la gloria de Cristo, de la que él nunca se apartó, será compartida por el buen servidor, al fin de su vida. Sin embargo, me atrevo a ampliar su interpretación, para alentarnos unos a otros en el gozo del servicio. Jesús dice que al entregar la vida, se obtiene mucho fruto. Hace pensar en el éxito de la obra misionera, a la cual mandó a sus discípulos. Resultado que suplicamos y deseamos obtener con el trabajo pastoral. Por qué no pensar entonces, que nuestro buen Pastor resucitado, Cabeza y Esposo de su Iglesia, quiere que sus servidores estén allí donde Él quiere redimir y salvar: buscando a la oveja perdida; curando a la herida; perdonando al pecador; reconciliando a los hombres con él y entre sí; llevando la buena noticia a las naciones todas (cf Jer 1,5). Ésta es, queridos ordenandos, la mayor alegría que puedo desearles: ¡ser signos vivos de Cristo servidor!

Quiero invocar finalmente a María, la fiel discípula y servidora, que llevó a Jesús por la montaña, cantando las maravillas de Dios y alegrando el corazón de sus parientes. Ella, como Madre, Reina y Señora, les alcance del Señor esas mismas actitudes.