“Que nuestras familias sean santuarios de vida”

 

Homilía de Mons. Sergio Buenanueva, obispo auxiliar de Mendoza, en la celebración de la Fiesta de San Cayetano, en la Vicaría del Bº Bancario

"Una familia se convierte en santuario de la vida cuando le abre las puertas a Jesús y a su Evangelio. Un santuario, porque allí se honra a Dios, se honra la vida de cada uno y se aprende a vivir el amor y la compasión, porque donde hay amor, allí está Dios".

“Que nuestras familias sean santuarios de vida”

Celebración de San Cayetano

Godoy Cruz - Domingo 7 de agosto de 2011


San Cayetano es el santo de la Providencia. Un discípulo de Jesús que se tomó en serio aquello de: “Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura” (Mt 6,33). Un creyente que confió en la providencia de Dios. Un hombre que llego a convertirse él mismo en providencia de Dios para los demás.

Eso es lo que le pasa al que se acerca a Jesús: se vuelve como él. Jesús contagia sus sentimientos a quienes lo siguen. Jesús transforma a las personas. Las cambia, las mejora, las hace parecidas a él, sin que pierdan nada de su propia identidad. Todo lo contrario: al contacto con Jesús lo mejor de nosotros mismos se mejora todavía más.

Con Jesús somos más libres, más nosotros mismos. Él lo había advertido con palabras fuertes: “El que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la ganará” (Mc 8,35). Esta es la experiencia de todos los hombres y mujeres que, por muy diversos caminos, se han dejado alcanzar por la mirada del Nazareno: ganan su vida entregándose a él.

Porque tenemos santos y santas de todo tipo: humildes trabajadores, ardorosos misioneros, hombres y mujeres casados; célibes y vírgenes consagradas. Están los mártires que soportaron crueles tormentos. Están también los que murieron serenamente al cabo de una vida fecunda, como Juan XXIII el bueno. Tenemos jovencitos que han volado al cielo en su más tierna edad. Santos pastores, como San Cayetano; pero también laicos y laicas como nuestro Ceferino Namuncurá o Laurita Vicuña. Papas como el beato Juan Pablo II o humildes párrocos como el Cura Brochero o el Santo Cura de Ars.

El panorama de la santidad cristiana es espléndido, fascinante, en constante expansión.

No hace falta irse muy lejos en el tiempo para constatarlo. Siempre ha habido, hay y habrá estos hombres y mujeres que hablan de Dios con sus vidas. También hoy, aquí, entre nosotros. Ellos muestran en su luminosa humanidad al Dios invisible. Encontraron su lugar en la vida reconociendo su puesto -único, original e intransferible- en el Cuerpo místico de Cristo.

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A San Cayetano le tocó ser signo de la providencia de Dios, de su compasión, de su amor que se estremece frente al dolor de los pobres. Por eso, San Cayetano es un santo tan del Evangelio. Porque no hay nada más evangélico que la compasión de Dios por los hombres. Y, mientras más estropeados, más amor, más compasión.

Es cierto que la palabra “compasión”, a veces, suena mal. No es extraño escuchar que alguien dice: “Yo no quiero que me compadezcan. Quiero justicia, no lástima”. Y está bien. Todos exigimos que se nos trate dignamente. No pedimos demás. Solo lo que nos es debido.

Sin embargo, la palabra “compasión” nos lleva al corazón del Evangelio. Seguramente habrán escuchado que, en su significado básico, esta palabra quiere decir: padecer con el otro. Es decir: es la expresión de esa forma tan exquisita del amor que es la capacidad de estar al lado del que sufre, haciendo propio su dolor, sus lágrimas, su mirada. Romper el caparazón y situarse donde está el otro.

En el Evangelio, el misterio más grande de la compasión y de la providencia de Dios es la cruz de Cristo. En el Crucificado, Dios hace suyo todo el dolor del mundo. Le hace lugar en sí mismo, en sus entrañas divinas. Él se pone del lado del que sufre, del pobre, del hambriento y del olvidado.

Si leemos los evangelios, vemos siempre a Jesús en medio de los pobres, junto a los enfermos, acariciando a los niños, expulsando demonios. Lo vemos, sobre todo, mezclado con los pecadores. Él, el santo y el puro, junto a los pecadores. Cuando los moralistas de su tiempo le echan en cara esta indecencia, él les responde con serenidad: “el médico es para los enfermos, no para los sanos; y yo he venido para los pecadores, no para los justos. Vayan y aprendan lo que dice Isaías de parte de Dios: «Quiero misericordia, no sacrificios»” (cf. Mt 9,11-13).

Esta es la providencia de Dios: Él mira por los pecadores. Los ve, no como el que está buscando la miseria ajena para ponerla en evidencia, humillar y castigar. Es la providencia y la compasión de Dios que se estremece ante el mayor de los males que puede sufrir una persona: el pecado, la lejanía de Dios, la deshumanización del vicio. Dios se conmueve y se pone de parte del pecador. Y, así, lo levanta.

Ese enorme poder que Jesús tiene de sanar a los enfermos y de devolverle sensatez a los endemoniados es, ni más ni menos, que el poder del amor de Dios que hace nuevas todas las cosas, como dice el Apocalipsis actualizando palabras del profeta Isaías. Solo el amor cura y resucita a los muertos.

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Sobre el poder de Dios nos habla el Evangelio de hoy: la barca con los apóstoles en medio de un mar embravecido; Jesús, después de orar toda la noche, sale al encuentro de los discípulos caminando sobre el mar. Cuando él entra en la barca, la tempestad se calma. En el ínterin, la aventura de Simón Pedro que aprende a confiar y a vivir como un hombre salvado, como un pecador perdonado.

En el lenguaje vivo de la Biblia, el mar es expresión del poder abrumador del mal, que amenaza siempre la vida de las personas.

La pequeña barca sacudida violentamente por las olas del mar es también un símbolo. Simboliza a la Iglesia que camina “entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios”, como enseña San Agustín. Es imagen también de la fe, siempre puesta a prueba. Nunca ha sido fácil creer y vivir la propia fe. Esta existe siempre como una fe probada, sacudida, amenazada. La barca en medio de un mar embravecido es también símbolo de la vida de las personas (del alma, se decía antes). La vida es frágil y, de tanto en tanto, se ciernen sobre nosotros amenazas y peligros.

Jesús es el que vence el poder del mar. Él consuela a su pueblo peregrino. Él sostiene la fe de sus discípulos. Él libra del poder del mal, tendiéndonos su mano, como hizo con Simón aquella noche de peligro. Es el poder del Dios que ama la vida. Su poder es el amor, la compasión, la misericordia.

Estamos pidiendo que nuestras familias vivan plenamente su vocación de ser “santuarios de la vida”. Hoy también la familia aparece como una frágil embarcación en medio de un mar tormentoso y amenazante. Pero está Jesús. Él camina abriéndose paso por lo más violento de la tormenta. Con su sola presencia vence la fuerza del oleaje. Sube a la barca y el viento se calma.

Una familia se convierte en santuario de la vida cuando le abre las puertas a Jesús y a su Evangelio. Un santuario, porque allí se honra a Dios, se honra la vida de cada uno y se aprende a vivir el amor y la compasión, porque donde hay amor, allí está Dios.

Lo agradecemos: las familias ya viven de esta gracia. Lo suplicamos: porque es un don, un regalo que nunca poseemos del todo. Lo imploramos, sobre todo, para muchos que han perdido la esperanza, o están tristes, o cansados. A ellos, sobre todo a ellos, con San Cayetano les decimos: “¡Fuera la tristeza! ¡Dios es amigo de la vida! ¡Su alegría es nuestra fortaleza!”.

Así sea