Navidad: Dios con Nosotros

 

Por Pbro. Lic. Sergio Buenanueva

La Navidad es una fiesta cristiana. Es una celebración de la fe. Nos habla de Dios. Porque el acto de fe tiene como término a Dios mismo, tal como Él se ha mostrado a los hombres.

I. Creer con la fe de la Iglesia católica

“Creo en Ti, Señor, a Ti me confío. Tú eres la Verdad, y mi vida sólo adquiere firmeza si se sustenta en Tu Persona; en Ti, que eres Roca, Agua viva y Luz.” Así resumo el núcleo del acto vital de la fe.

Así podríamos expresar el acto de fe, como acto de una persona libre, tocada por la gracia del Espíritu Santo. Porque la fe es don de Dios (una virtud teologal), y a la vez, un acto humano en el que la libertad alcanza su máxima expresión.

Entendemos entonces que el Papa Ratzinger haya escrito: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.” (Dios es amor 1).

No olvidemos nunca empero que la fe es siempre la “fe de la Iglesia católica”. Hoy vivimos en un clima fuertemente individualista, por eso este aspecto fundamental de la experiencia cristiana nos cuesta más comprenderlo.

Creemos con la fe de la santa Iglesia de Cristo. Creemos entrando en ese caudaloso río que es la vida y la tradición de la Iglesia.

Dios entregó a su Hijo. Cristo se entregó a si mismo, y entregó a su Iglesia su Palabra y el sacramento de su Amor, la Eucaristía.

El cristianismo pasa de mano en mano. Pablo, en dos oportunidades, les dice a los cristianos de Corinto: “Yo les he transmitido, lo que yo mismo recibí”. Hablaba de la Eucaristía y de la fe en la resurrección.

Este es el corazón de la fe cristiana. Así se es cristiano: recibiendo y transmitiendo los bienes de la salvación. Formando parte de la gran tradición de la Iglesia católica.

II. La Iglesia nos entrega -como María- a Cristo, el Niño Dios

El recién nacido, envuelto en pañales y recostado en el pesebre, como dice el evangelio, es “Emmanuel”, es decir: “Dios con nosotros”.

Dios se ha mostrado a nosotros en la pequeñez, en la humildad y el desvalimiento de este niño, para el que no hubo lugar en el albergue.

En Navidad, la Iglesia no puede hacer otra cosa que poner en nuestras manos a Cristo, como María lo recostó en el pesebre. Como ella la mostró a los pastores y a los sabios de Oriente. Como la representan tantas imágenes suyas: con el Niño en los brazos, mostrándolo, ofreciéndolo, entregándolo.

¿Qué sería de la Navidad sin Cristo? ¿Qué quedaría de ella si ya no se hablara del Dios con nosotros? Solo una fecha significativa en el calendario festivo de la sociedad del bienestar y del consumo.

Tratando de caer simpáticos y de hacer potable el mensaje cristiano al mundo moderno, se puede intentar una relectura de la Navidad, apelando a los grandes valores humanos que encierra: amor, paz, buenos deseos, prosperidad, justicia, etc. Esto se ha hecho (y se sigue haciendo).

El intento es legítimo, pero siempre relativo y provisional. No es que estos valores no estén presentes en el misterio de Belén. Lo están, pero como los frutos que se desprenden generosos de un buen frutal. No al revés.

En todo caso, no podemos descuidar lo fundamental: hablar explícitamente de Aquel que fue mostrado a unos pobres pastores, en medio de la noche como luz victoriosa sobre las tinieblas.

El servicio más grande que la Iglesia puede prestar a la sociedad de hoy -como lo ha sido siempre- es el de la fe.

Mostrar a Dios en Cristo para que se despierte la fe en el corazón de las personas.

Los hombres y mujeres de Iglesia podemos emprender muchas tareas humanitarias buenas, incluso significativas para la vida social de la comunidad a la que pertenecemos. De hecho, así ocurre en toda la geografía de nuestra provincia, y del mundo.

No seríamos empero lo que debemos ser, si dejáramos caer la tarea más importante que hemos recibido como encargo, como un imperativo: remitir a Cristo, señalándolo a Él como Señor y Salvador.

III. En Navidad: volver al Evangelio y orar

Por eso, la invitación fundamental en esta Navidad es volver al Evangelio. Si es posible, ir a Misa de Nochebuena; o el veinticinco, y si esto no es posible, el veintiséis, o el veintisiete. O cualquier día.

Algo siempre provechoso es rezar, no importa si mucho o poco, pero rezar, y con humildad. No es verdad que no hay que pedir. “Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá”, decía Jesús refiriéndose a la necesidad de orar con perseverancia. “Dios sabe dar cosas buenas a sus hijos”, añadía. Y yo, a Jesús, le creo. Siempre.

El gesto sencillo de orar, o de enseñar a rezar -a un niño, por ejemplo- es abrir un horizonte nuevo a la propia vida, infinito, eterno.

El que ora, hace la experiencia de la hondura de su propia humanidad. Porque se pone, cara a cara, con el Dios vivo.

Pero, sobre todo, hay un modo de vivir la Navidad que nos acerca a Cristo, casi físicamente: acordarse de los pobres.

Cristo está con ellos. Cristo vive, siente la vida y sufre en ellos. ¿Volveremos el rostro al Señor que nos llama con sus voces?

En todo caso, de lo que se trata es de recibir a Cristo que nace para colmar nuestra soledad.

Nació pobre para enriquecernos con su pobreza, escribía San Pablo. Así ha llegado a ser “redentor” del hombre; y ¡vaya si no necesitamos redención, perdón y reconciliación!

“El que cree nunca está solo”. Son palabras del Papa Benedicto. Fueron el lema de la reciente visita a su patria. “Paz a los hombres de buena voluntad”, cantaban los ángeles en la Noche buena.
Ambos augurios valen también para nosotros hoy.

¡Muy feliz Navidad para todos!