"Somos los amigos de Jesús en medio del mundo"

 

Homilía de Mons. Sergio Buenanueva, obispo auxiliar de Mendoza, en la Celebración del 60º Aniversario sacerdotal de SS Benedicto XVI

“Estos hombres, durante su vida terrena, plantaron la Iglesia con su sangre, bebieron el cáliz del Señor y llegaron a ser amigos de Dios” (Antífona de entrada).

En la hermosa fiesta de hoy, como hijos de la Iglesia dirigimos nuestra mirada de fe a estas realidades de gracia:

En primer lugar, a la Iglesia misma. Ella es “misterio”: una, santa, católica y apostólica. Y como acento de su apostolicidad, hoy remarcamos: “romana”.

Miramos a Pedro y Pablo, discípulos y apóstoles de Jesús, testigos de su Evangelio hasta el derramamiento de su sangre.

Miramos también a Roma, más precisamente a la “sede romana”, es decir a la Iglesia sólidamente fundada sobre la sangre de los santos apóstoles.

Un antiguo himno de la liturgia hodierna reza así: “Dichosa tú que fuiste ennoblecida, oh Roma, con la sangre de estos príncipes, y que, vestida con tan regia púrpura, excedes en nobleza a cuanto existe” (Himno de Vísperas).

Miramos al que se sienta en la sede de Pedro, al obispo de Roma, al Papa. Nos unimos a su confesión de fe: “Tú eres el Cristo”, decimos con Pedro. Y, con él, experimentamos la alegría de creer, la bienaventuranza de la fe.

Hoy, por una razón particular, miramos agradecidos la venerable figura de Benedicto XVI. El Santo Padre está cumpliendo sesenta años de su ordenación sacerdotal, acaecida, precisamente, el 29 de junio de 1951, en la catedral de Freising, de manos del entonces arzobispo de Munich, cardenal Faulhaber.

Así recordaba el Santo Padre aquel día, en su visita de 2006 a Alemania:

Me vienen recuerdos de mi ordenación (…): cuando estaba yo postrado en tierra y en cierto modo envuelto por las letanías de todos los santos, por la intercesión de todos los santos, caí en la cuenta de que en este camino no estamos solos, sino que el gran ejército de los santos camina con nosotros, y los santos aún vivos, los fieles de hoy y de mañana, nos sostienen y nos acompañan. Luego vino el momento de la imposición de las manos... y, por último, cuando el cardenal Faulhaber nos dijo: "Iam non dico vos servos, sed amicos", "Ya no os llamo siervos, sino amigos", experimenté la ordenación sacerdotal como inserción en la comunidad de los amigos de Jesús, llamados a estar con él y a anunciar su mensaje.(1)

Notemos esta última expresión: “experimenté la ordenación sacerdotal como inserción en la comunidad de los amigos de Jesús”. El que ha seguido con atención el magisterio de nuestro actual Papa reconocerá aquí uno de sus temas preferidos. Mucho más: una expresión clave de lo que constituye para él el núcleo mismo de la condición cristiana y de la existencia concreta del sacerdote: amigo de Jesús.

“Estos hombres, durante su vida terrena, plantaron la Iglesia con su sangre, bebieron el cáliz del Señor y llegaron a ser amigos de Dios” (Antífona de entrada).

Pedro y Pablo: con su sangre plantan la Iglesia en Roma; comparten el destino de Jesús: beben su cáliz, el mismo cáliz al que somos invitados nosotros. Llegaron a ser “amigos de Dios”. Esa es también nuestra vocación.

Amigos de Dios. Amigos de Jesús. ¿Qué significa esto? Dejemos que sea el mismo Santo Padre Benedicto XVI el que nos ayude comprender mejor el hermoso misterio de la amistad de Jesús, del que nosotros participamos. En la homilía que pronunciaba esta mañana en Roma, después de rememorar su ordenación con palabras muy similares a las anteriores, el Santo Padre, entre otras cosas, decía:

«Ya no siervos, sino amigos»: en estas palabras se encierra el programa entero de una vida sacerdotal. ¿Qué es realmente la amistad? Ídem velle, ídem nolle – querer y no querer lo mismo, decían los antiguos. La amistad es una comunión en el pensamiento y el deseo. El Señor nos dice lo mismo con gran insistencia: «Conozco a los míos y los míos me conocen» (cf. Jn 10,14). El Pastor llama a los suyos por su nombre (cf. Jn 10,3). Él me conoce por mi nombre. No soy un ser anónimo cualquiera en la inmensidad del universo. Me conoce de manera totalmente personal. Y yo, ¿le conozco a Él?

La amistad que Él me ofrece sólo puede significar que también yo trate siempre de conocerle mejor; que yo, en la Escritura, en los Sacramentos, en el encuentro de la oración, en la comunión de los Santos, en las personas que se acercan a mí y que Él me envía, me esfuerce siempre en conocerle cada vez más.

La amistad no es solamente conocimiento, es sobre todo comunión del deseo. Significa que mi voluntad crece hacia el «sí» de la adhesión a la suya. En efecto, su voluntad no es para mí una voluntad externa y extraña, a la que me doblego más o menos de buena gana. No, en la amistad mi voluntad se une a la suya a medida que va creciendo; su voluntad se convierte en la mía, y justo así llego a ser yo mismo.

Además de la comunión de pensamiento y voluntad, el Señor menciona un tercer elemento nuevo: Él da su vida por nosotros (cf. Jn 15,13; 10,15). Señor, ayúdame siempre a conocerte mejor. Ayúdame a estar cada vez más unido a tu voluntad. Ayúdame a vivir mi vida, no para mí mismo, sino junto a Ti para los otros. Ayúdame a ser cada vez más tu amigo.

Queridos hermanos: este es el misterio de la Iglesia romana, de la que nosotros formamos parte. Somos los amigos de Jesús en medio del mundo. Unámonos a la acción de gracias del Santo Padre por el don del sacerdocio apostólico que recibió hace sesenta años. Unámonos, sobre todo, a su plegaria confiada -de amigo- a Jesús.

Así, aleccionados por su ejemplo, y guiados por los Apóstoles Pedro y Pablo ofrezcamos al mundo el testimonio de un amor grande, alegre y lleno de esperanza.

Así sea

(1) Benedicto XVI, Homilía en la catedral de Santa María y San Corbiniano, Freising 14 de setiembre de 2006.