Misa de Acción de gracias de la Liga de madres de Familia

 

Homilía de Mons. Sergio Buenanueva, obispo auxiliar de Mendoza, en la Celebración de la Liga de Madres de Familia en la catedral Nuestra Señora de Loreto

Estamos reunidos esta tarde para dar gracias a Dios por los sesenta años de la “Liga de Madres de Familia”. Los hacemos celebrando la sagrada Eucaristía, que une nuestras vidas al sacrificio pascual de Jesús, el Señor.

Damos gracias las gracias recibidas, por el bien realizado y por el servicio ofrecido a las familias argentinas. Damos gracias también por la iniciativa de Mons. Manuel Moledo quien vio con claridad, hace ya sesenta años, el rol clave de la mujer-madre para el desarrollo de la familia y, por ende, de toda la sociedad.

Ya el beato Juan XXIII señalaba en su encíclica Pacem in terris que “la presencia de la mujer en la vida pública” es uno de los signos de los tiempos. El desarrollo de la conciencia de su propia dignidad como persona, sujeto de deberes y derechos, es fruto, entre otras poderosas fuerzas, de la fe cristiana.

Ha sido, sobre todo, el beato Juan Pablo II el pontífice que ha expresado con mayor densidad y amplitud la originalidad del “genio femenino” y su aporte insustituible en el desarrollo de la entera humanidad. Recordemos algunas de sus palabras, tomadas de la Carta Apostólica “Mulieris dignitatem”:

- La fuerza moral de la mujer, su fuerza espiritual, se une a la conciencia de que Dios le confía de un modo especial el hombre, es decir, el ser humano. Naturalmente, cada hombre es confiado por Dios a todos y cada uno. Sin embargo, esta entrega se refiere especialmente a la mujer —sobre todo en razón de su femineidad— y ello decide principalmente su vocación...

- La mujer es fuerte por la conciencia de esta entrega, es fuerte por el hecho de que Dios «le confía el hombre», siempre y en cualquier caso, incluso en las condiciones de discriminación social en la que pueda encontrarse. Esta conciencia y esta vocación fundamental hablan a la mujer de la dignidad que recibe de parte de Dios mismo, y todo ello la hace «fuerte» y la reafirma en su vocación. De este modo, la «mujer perfecta» (cf. Prov 31, 10) se convierte en un apoyo insustituible y en una fuente de fuerza espiritual para los demás, que perciben la gran energía de su espíritu. A estas «mujeres perfectas» deben mucho sus familias y, a veces, también las Naciones.

Queridas amigas y hermanas de la “Liga de madres de familia” de Mendoza:

Los tiempos que corren nos plantean múltiples desafíos. No es el menor de ellos la profunda crisis que atraviesa la familia. Una crisis que hunde sus raíces en los profundos cambios culturales que vivimos y que, entre otras cosas importantes, tienen directamente que ver con la conciencia de las mujeres de su propia identidad, dignidad, vocación y misión. No nos equivocamos si decimos: cuando una mujer no percibe con claridad su propia condición esta confusión y extravío se prolongan también en la sociedad. Por el contrario, una mujer que vive dignamente su vocación y misión ennoblece a la propia familia y a la entera sociedad.

Siéntanse interpeladas, en primera persona, a responder desde su fe cristiana y católica a estos desafíos. Dios les ha dado, con la feminidad, un don fundamental para toda la humanidad. Ustedes son portadoras de una verdad humana primordial, inscrita en su propio ser y que tiene que ser hoy nuevamente descifrada, para iluminar la vida de las familias, de los pueblos y de las distintas culturas.

La maternidad -vocación propia de la mujer- es parte esencial de dicha verdad. Es más, ella es la realización plena de la propia condición de persona humana. En circunstancias históricas nuevas, con una percepción también renovada de la común dignidad con el varón, con formas de vivir la también común vocación a la generación y cuidado de la vida, diversas a las del pasado, la mujer está llamada a realizar esta verdad inscrita en su cuerpo y en su alma, con energías nuevas.

El evangelio nos habla hoy de transitar por el camino estrecho y a entrar por la puerta angosta que conduce a la Vida (cf. Mt 7,14). Pero también nos formula Jesús la regla de oro de la moral evangélica: “Todo los que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos: en esto consiste la Ley y los Profetas” (Mt 7,12).

Como pastor, a la vez que doy gracias con ustedes por los sesenta años de la “Liga de madres de familia”, quisiera invitarlas a renovar la gracia que inspiró a Mons. Moledo en el lejano 1951 a fundar, con algunas socias de la Acción Católica Argentina, dicha institución.

Están llamadas a introducir en el camino de la vida a las nuevas generaciones de mujeres. Miremos con confianza el futuro. Si bien los desafíos son muchos, complejos y graves, Dios está de nuestra parte. Nosotros colaboramos con su designio de amor; un designio inscrito en la misma creación y que la mujer madre tiene el privilegio de experimentar en su propio cuerpo: Dios ha confiado a la mujer-madre al hombre mismo, su vida, su futuro, su desarrollo humano pleno y fecundo.

Miramos con gratitud y amor a la Mujer, madre y virgen, a María Santísima. Ella también ha estado en el origen y en el camino de la “Liga de madres de familia”. Lo seguirá haciendo para el bien de todos.

Así sea

Martes 21 de junio de 2011