Mons. Buenanueva presidió el Te Deum en Tupungato.

 

“Si no existiera esta red silenciosa de bien, pacientemente tejida cada día, hace rato que las fuertes crisis que hemos pasado nos hubieran desintegrado. A esa Argentina profunda apelamos para enfrentar los desafíos que nos interpelan.”

El obispo auxiliar de Mendoza, monseñor Sergio Osvaldo Buenanueva, presidió el Te Deum por los 201° años de la Revolución de Mayo en la parroquia Nuestra Señora del Socorro, de Tupungato. En la ceremonia participaron autoridades de gobierno, eclesiásticas y fieles de la comunidad parroquial.

En su homilía el obispo expresó que en este día, nos reunimos para agradecer y cantar el don de esta tierra maravillosa que es nuestra Argentina. Agradecemos, dijo, el camino compartido a través del tiempo: la historia bicentenaria como pueblo de hombres y mujeres libres.

“¡Somos un pueblo! ¡Nos reconocemos una Nación! El don se hace compromiso. El compromiso consciente, libre y convencido, de traducir la gratitud por el don recibido en la tarea cotidiana de contribuir al bien común de nuestra Patria Argentina”, agregó.

Así también se refirió al trabajo y al deseo mancomunado de bien común que nos sostiene como pueblo: “El bien común supone ciudadanos libres, sí, pero también y, sobre todo, ciudadanos virtuosos. Por esto también damos gracias a Dios, hoy y aquí. Argentina está entretejida por la bondad y generosidad de sus habitantes. El Buen Samaritano de la parábola revive, una y otra vez, en el compromiso de millones de argentinos que se sienten interpelados, en primera persona, por la suerte de sus prójimos. Ellos mismos se reconocen a sí mismos como “prójimos” de sus hermanos, especialmente de los más pobres y caídos. Jesús, el Buen Samaritano, vive y opera en ellos.”

Insistió en reafirmar que “si no existiera esta red silenciosa de bien, pacientemente tejida cada día, hace rato que las fuertes crisis que hemos pasado nos hubieran desintegrado. A esa Argentina profunda apelamos para enfrentar los desafíos que nos interpelan.”

Al concluir el obispo exhortó a un compromiso fuerte y solidario: “Al celebrar un nuevo aniversario de la Patria, y a la vez que agradecemos por el don precioso que es Argentina para cada uno de sus habitantes, comprometámonos a trabajar, sin importarnos el sacrificio que suponga, para que cada argentino posea las condiciones que necesita para alcanzar su pleno desarrollo material y espiritual.”

Texto Completo de la Homilía

Celebración de Acción de gracias

El “Cordón del Plata” y el valle de Tupungato constituyen un marco inigualable para esta celebración patria que, según una tradición arraigada entre nosotros, comienza con un canto de alabanza al Creador: el Himno “Te Deum”.

“Gracias a la vida que me ha dado tanto”, canta el poeta y hace cantar también al pueblo. Es un sentimiento noble y verdadero. Es realismo puro, pues nos posiciona de modo correcto frente a realidad de las cosas. No es realista ser ingrato, escéptico, incrédulo o amargado.

No hay mayor realismo que decir: “¡Gracias!”, poniendo en esta palabra todo el corazón y toda el alma. Y decírselo a las personas que nos hacen el bien, que nos aman de verdad y a las que amamos de igual manera. A tantos hermanos, amigos o semejantes, incluso a quienes permanecen, para nosotros, desconocidos.

Por eso, una vez más, y de modo especial en este 25 de mayo: “Gracias a la vida que nos ha dado tanto”; o, como lo ha captado con aguda certeza la experiencia universal de los hombres: gracias a Dios, autor de la vida, fuente de toda razón y justicia. Él es la fuente de todo lo que es bueno y hermoso, de cada gesto, de cada mano tendida, de cada palabra de amistad. A Él, entonces, le damos gracias.

* * *

En este día, nosotros nos reunimos para agradecer y cantar el don de esta tierra maravillosa que es nuestra Argentina. Agradecemos la geografía que nos cobija, de Los Andes al Río de la Plata; de Jujuy a Tierra del Fuego y el Atlántico Sur.

Agradecemos la lengua común, con todos sus matices y tonadas, que nos permite comunicarnos, y pronunciar las palabras más verdaderas que conmueven el corazón; aquellas palabras que manifiestan el amor, que crean la amistad, que ofrecen el perdón y la paz. Las palabras que pronunciamos nos dan a luz, desentrañan el misterio de la condición humana, nos iluminan y consuelan; aunque a veces también nos provocan y nos hieren.

Agradecemos el camino compartido a través del tiempo: la historia bicentenaria como pueblo de hombres y mujeres libres. Una libertad nunca realizada del todo; siempre abierta a nuevos desafíos. Un Bicentenario que abraza el 25 de mayo de 2010 y el 9 de julio de 2016, pero que tiene también sus raíces en los pueblos originarios y en el proceso vivido a partir de la irrupción de España en el continente. Historia dramática, compleja e irreductible a esquemas preconcebidos.

Agradecemos también el corazón grande y generoso de nuestra Argentina, que late también aquí en Mendoza. Esta es una tierra de acogida, punto de encuentro de hombres y mujeres de diferentes razas, culturas, valores espirituales y religiosos. Argentina ha crecido como una casa común en la que millones de hombres, venidos de rincones muy lejanos y diversos, han encontrado la paz, el trabajo y la oportunidad de un futuro de esperanza. Es una tierra que invita al hombre a reconciliarse con Dios, consigo mismo y con sus semejantes.

* * *

¡Somos un pueblo! ¡Nos reconocemos una Nación! El don se hace compromiso. El compromiso consciente, libre y convencido, de traducir la gratitud por el don recibido en la tarea cotidiana de contribuir al bien común de nuestra Patria Argentina.

Los católicos identificamos en el “bien común” uno de los principios claves de nuestra comprensión de la vida social y de su dinámica interna. Quisiera repasar, en esta ocasión y de manera sumaria, alguno de sus aspectos más relevantes.

Al hacerlo -ustedes me comprenden bien- no pretendo imponer estas ideas a nadie. Quisiera sencillamente proponerlas a la consideración de todos. Se trata de compartir una riqueza, una verdad que puede ser reconocida por todos, un valor que apela a la conciencia y despierta las energías morales del alma humana.

Según una definición clásica, el bien común “es el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección” (1).

Esta definición oscila entre dos polos inseparables. Por una parte, se habla, sin más precisiones, de un “conjunto de condiciones de la vida social”. Esto significa que el bien común supone una búsqueda constante, creativa y perseverante del mejor orden justo posible, aquí y ahora.

Ningún mesías iluminado tiene en sus manos el secreto del bien común. Los primeros sujetos de esta búsqueda nunca acabada de la justicia somos los ciudadanos libres, desde la cotidianeidad de nuestras vidas.

La tarea del estado es, sin duda, insustituible, a la vez que modesta y discreta: crear las condiciones de orden público para que todos puedan acceder a los bienes fundamentales que permitan, sobre todo a los niños y jóvenes, labrarse un proyecto de vida amplio y pleno de sentido. Supone, para el hombre o mujer políticos, un ejercicio de humildad, de notable valentía y magnanimidad que ennoblece a quien se distingue en la vida pública por estas virtudes. El político trabaja sabiendo que otro tiene que ser el protagonista. Esa es su razón de ser. Busca el poder -no podría no hacerlo- para que los ciudadanos puedan ser artífices libres de su propio destino.

Todo lo cual supone que la sociedad solo se orienta hacia el bien común si posee vigorosas energías espirituales y morales. Porque la búsqueda del bien común tiene siempre la fisonomía de una lucha, pero una lucha ética, una lucha por los valores, por la verdad y el bien, la justicia y la solidaridad. Los enemigos a doblegar no son, primariamente, personas, grupos o sectores, sino todas las formas de malicia o corrupción moral, a las que es proclive el corazón humano.

El bien común supone ciudadanos libres, sí, pero también y, sobre todo, ciudadanos virtuosos. Por esto también damos gracias a Dios, hoy y aquí. Argentina está entretejida por la bondad y generosidad de sus habitantes. El Buen Samaritano de la parábola revive, una y otra vez, en el compromiso de millones de argentinos que se sienten interpelados, en primera persona, por la suerte de sus prójimos. Ellos mismos se reconocen a sí mismos como “prójimos” de sus hermanos, especialmente de los más pobres y caídos. Jesús, el Buen Samaritano, vive y opera en ellos.

Si no existiera esta red silenciosa de bien, pacientemente tejida cada día, hace rato que las fuertes crisis que hemos pasado nos hubieran desintegrado. A esa Argentina profunda apelamos para enfrentar los desafíos que nos interpelan.

La búsqueda del bien común es una tarea nunca acabada. Tiene sin embargo un parámetro objetivo que marca el rumbo de la búsqueda: trata de alcanzar la perfección que cada hombre lleva inscrita en su propio ser como una tarea a desplegar a lo largo de la vida. Este es el segundo polo de la definición arriba señalada.

Salido de las manos de su Creador, el ser humano lleva en sí mismo las huellas de la Razón creadora de Dios. No es fruto del azar, ni puede ser reducido a mero dato cultural. La persona humana, unidad de cuerpo y alma, es un misterio cuyos secretos la inteligencia va desentrañando paulatinamente, en la medida que se deja guiar por la realidad misma de las cosas.

La búsqueda del bien común supone la tarea nunca acabada de reconocer la verdad del ser humano, de su vocación personal, social y trascendente. Por eso, el bien común es mucho más que las condiciones que hacen posible el bienestar material. Solo en la apertura a Dios y a los valores del espíritu el hombre alcanza su perfección más alta, su estatura más genuina.

Al celebrar un nuevo aniversario de la Patria, y a la vez que agradecemos por el don precioso que es Argentina para cada uno de sus habitantes, comprometámonos a trabajar, sin importarnos el sacrificio que suponga, para que cada argentino posea las condiciones que necesita para alcanzar su pleno desarrollo material y espiritual.

Así sea

(1) Compendio de Doctrina social de la Iglesia, 164