La Iglesia de Mendoza celebra la Beatificación de Juan Pablo II

 

¡Gracias, beato Juan Pablo II!

“Este es el objetivo de nuestro encuentro. Estamos agradecidos por la vida del Papa Juan Pablo, y por su servicio a la Iglesia y al mundo. Nos alegramos que la Iglesia lo proclame definitivamente feliz, gozando ya junto a María y a los santos.

Gracias, querido Juan Pablo, porque tu testimonio y tu enseñanza nos han guiado en Mendoza, para diseñar un plan de nueva evangelización, que tiene su centro: en una fe más arraigada en el corazón, y más comprometida; en una tarea misionera más intensa y audaz; en el trabajo por la promoción humana, como parte del Evangelio anunciado y vivido; en una Iglesia que busca crecer en comunión para servir a todos”.

Con estas palabras el arzobispo de Mendoza, Mons. José María Arancibia, agradeció el feliz acontecimiento de la beatificación de Juan Pablo II. Ante miles de fieles católicos, en el Predio de la Virgen, el obispo dirigió su mensaje donde con sentidas palabras recordó el paso del Papa peregrino por nuestra tierra, habló de su ejemplo de vida, de su inspiración, de su servicio a la Iglesia, de su incansable defensa de la dignidad humana y de la vida.

Texto completo de la Homilía del arzobispo en la celebración de acción de gracias en el Predio de la Virgen. Domingo 8 de mayo de 2011.

Juan Pablo II: Beato!
Acción de gracias de la Iglesia en Mendoza

1. No estamos solos en el camino de la vida


Este hermoso encuentro eclesial y la marcha que hicimos juntos, es una ocasión especial para entender que nunca estamos solos en el camino de la vida. Muchos hermanos transitan la misma ruta, avanzan con esfuerzo, enfrentan dificultades. A veces los conocemos, otras veces no. Caminamos al mismo tiempo, o en horarios y ritmos diferentes. Pero compartimos todos una vocación humana y un destino eterno. De algún modo tenemos que acompañarnos.

El Evangelio de hoy (Lc 24,13-35) es bello e impactante. Puede ayudarnos en esta experiencia. Dos discípulos de Jesús, que habían andado con él, que lo habían admirado y escuchado, volvían a casa muy tristes. Los unía el camino, la soledad, la pena. La muerte de Jesús en la cruz los había defraudado. No esperaban para él semejante final. Pero una presencia misteriosa les hizo arder el corazón, repasando paso a paso la Palabra de Dios. En ella, todo conducía a Jesús. Su muerte estaba anunciada. Había sido asumida por él como supremo acto de amor, para rescatar a los hombres de su más profundo mal: alejarse de Dios. Ahora Jesús estaba vivo. Poseía un poder singular para trasmitir vida nueva y eterna. Lo reconocieron justamente cuando además de la Palabra, les ofreció el pan entregado y partido de su cuerpo, que es fuente inagotable de vida divina.

¿Quién puede sentirse solo, cuando Cristo -el “viviente”- sale a su paso y lo acompaña? ¿Por qué temer la oscuridad del camino, si él lo ilumina y acompaña? ¿Por qué inquietarse por el hambre o la sed, si Él es pan de vida y ofrece el agua del Espíritu? ¿Se puede acaso estar triste por la muerte, si Él comparte con el creyente su misma vida divina?

2. ¡Felices los que creen! ... aún sin haber visto.

La fe permite reconocer a Jesús como el Señor y Salvador, que nunca abandona. El es el amigo fiel y cercano. Testigo del amor y de la misericordia del Padre. El que reconcilia a los pecadores, busca la oveja perdida, defienda al rebaño de todo peligro, y lo guía por seguro sendero. Jesús mismo proclamó la felicidad de los creyentes. De Simón Pedro, que pudo confesarlo como Hijo de Dios y Mesías. Como Isabel lo dijo de María, porque había confiado en Dios, y se había hecho su fiel servidora. En el sermón de la montaña, Jesús señaló cuáles son en verdad las actitudes que hacen feliz al creyente, aún en medio de dificultades y hasta de persecución.

“Juan Pablo II es beato por su fe, fuerte y generosa, apostólica” (Benedicto XVI). La Iglesia ha reconocido su vida entregada y heroica, como ejemplo de hombre creyente, discípulo de Jesús y misionero del Evangelio. Él ha recorrido el mundo, movido por la fe, la esperanza y el amor, para animar a todos a ser auténticos seguidores de Jesús. Para tener por él vida plena, y comunicarla al mundo. Ha contagiado a personas y a multitudes, con su convicción segura y alegre de seguidor y apóstol de Jesús.

Juan Pablo II maduró su fe en años difíciles para su familia y para su patria. Tuvo que ser muy valiente para creer, defender su fe, y seguir su vocación. Se sintió sostenido por la fe de su pueblo sufrido, compartió su devoción y sus luchas. En ese ambiente aprendió a amar a María, y a confiarse por entero a Ella; a sentirse hijo de María e hijo de la Iglesia. A veces nos quejamos de las obstáculos del camino; de los tiempos que cambian; del poco apoyo recibido. La vida cristiana parece demasiado exigente. Aún es criticada y despreciada. ¡Que bien nos hace volver la mirada y el corazón sobre Juan Pablo, para admirarlo, agradecer su vida, y sentir el mismo fuego del Espíritu en el corazón!

3. ¡No tengan miedo! ¡Abran las puertas al Redentor!

Con esta aclamación comenzó Juan Pablo II su pontificado. Y lo repitió de muchas maneras. Es un grito exigente, y a la vez consolador. El mismo Jesús insistió a lo suyos, que no tuvieran miedo. Él conocía bien la debilidad de sus discípulos. Hoy conoce también las nuestras. Sin embargo, esta Palabra sigue resonando con fuerza en la Iglesia. Es bueno que el Papa haya sabido decirlo en todo el mundo, con su mensaje y su testimonio. En especial a los jóvenes.

Los cristianos, a pesar de nuestra pobreza, confiamos en Jesucristo, Redentor del hombre. Siendo Dios, Él transitó nuestro mismo camino, aún hasta la muerte, para ser Camino, Verdad y Vida, de cuantos se animan a seguirlo, con fe y esperanza. Como escuchamos en la primera lectura, Simón Pedro que lo había negado por temor, lleno del Espíritu Santo, anuncia con gozo y coraje el designio de Dios salvador, cumplido en la muerte y resurrección de Cristo. En la segunda lectura, el mismo Pedro invita a tomar conciencia del don precioso de la redención; más valiosa que el oro y la plata. Este misterio nos revela el rostro paterno y misericordioso de Dios. “Por Cristo, -dice la carta- ustedes creen en Dios, que lo ha resucitado y lo ha glorificado, de manera que su fe y esperanza estén puestas en Dios”. (1 Pe 1,21) “¿Qué diremos después de todo esto? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿no nos concederá con él toda clase de favores?” (Rom 8,31-32).

4. ¡Gracias, beato Juan Pablo II!

Este es el objetivo de nuestro encuentro. Estamos agradecidos por la vida del Papa Juan Pablo, y por su servicio a la Iglesia y al mundo. Nos alegramos que la Iglesia lo proclame definitivamente feliz, gozando ya junto a María y a los santos.

Gracias, querido Juan Pablo, porque tu testimonio y tu enseñanza nos han guiado en Mendoza, para diseñar un plan de nueva evangelización, que tiene su centro: en una fe más arraigada en el corazón, y más comprometida; en una tarea misionera más intensa y audaz; en el trabajo por la promoción humana, como parte del Evangelio anunciado y vivido; en una Iglesia que busca crecer en comunión para servir a todos.

Juan Pablo II: Gracias por tu incansable defensa de la dignidad humana y de la vida, en todas sus dimensiones; valiosa en cada instante y circunstancia, sin excepción alguna. Gracias por ayudarnos a valorar y a defender la paz; por educarnos como ciudadanos y como cristianos, a ser constructores de una sociedad justa y solidaria; aún capaz de cultivar la amistad social.

Gracias por entusiasmar a multitud de jóvenes; que te escucharon con admiración en tus andanzas apostólicas; y que te veneraron con respeto en la ancianidad. En el 2000 los invitaste a ser “centinelas del mañana”; como entusiastas vigías, atentos a las necesidades del hombre actual, que enfrenta profundos cambios y enormes desafíos.

Al comenzar el tercer milenio, lanzaste a todos el reto de: “remar mar adentro”, como los discípulos confiados en la palabra de Jesús. Sigue siendo hoy un gran desafío. Significa saberse artífice del presente y del futuro; para que, desde el encuentro gozoso con la persona de Jesús, edifiquemos juntos -aun en medio del mar agitado de hoy- una civilización nueva, centrada en el amor y en la esperanza.

¡Mil veces gracias: beato querido, Juan Pablo II!