"Jueves santo: tesoro de gracia, esperanza en un mundo nuevo, querido por Dios"

 

Celebración de la Cena del Señor, presidida por el arzobispo de Mendoza, en el Hospital Central de ciudad

"Si nos dejamos lavar por Él, una y otra vez, si nos dejamos purificar por el mismo Señor, podemos aprender a hacer, junto con él, lo que él ha hecho.

1. Jesús culmina y completa su misión, amando hasta el fin

Esta tarde volvemos con la mente y el corazón a la última cena. Aquella no fue sólo una comida de despedida. El pueblo judío, al que pertenecía Jesús y sus discípulos, estaba por celebrar la PASCUA. Memoria agradecida de la salida de Egipto, cuando el pueblo elegido fue liberado de la esclavitud. Experiencia de un Dios liberador, que intervino en favor de ellos. Sus casas habían sido señaladas con la sangre de un cordero, sacrificado y comido en la noche que Dios “pasó” salvando a cada familia, y venciendo a sus opresores. Cada año, este hecho de salvación era celebrado con el rito del cordero pascual, como estaba prescripto (1ª L: Ex 12,1-8.11-14).

Jesús siguió las tradiciones de su pueblo, y tuvo la misión de completar esa historia de salvación. Su predicación y sus milagros se fueron encaminando hacia una “hora” final y culminante, anunciada por él mismo. Sería el momento de su libre entrega a la muerte. Dispuesta por Dios y asumida por él, pero no comprendida; más bien temida por todos. Para vivir ese momento, el Señor eligió el día anterior a la Pascua judía. El cordero iba a ser él mismo; la sangre sería la suya. El “paso”, una liberación más profunda. El evangelio afirma que en aquella cena el amor manifestado por Jesús a los suyos, llegó al extremo. ¡Tengamos deseo intenso de experimentar ese amor, en un mundo que tanto lo necesita!

2. Como un servidor humilde, Jesús lava los pies de los apóstoles

Las costumbres de aquella época explican este gesto antes de la cena. Pero ahora tuvo un sentido nuevo. Jesús, reconocido como Maestro, Señor, y Mesías, mientras cenaba con los apóstoles, se pone a lavar los pies de los suyos, como un servidor. Ellos se resisten. Era lógica su reacción. Pero Jesús cumple un acto simbólico. Quiere representar lo que ha venido a ofrecerles, a ellos y a todos los hombres. Se inclina y abaja, hasta alcanzar nuestra condición de pecadores. No piensa en la pureza legal y exterior, que tanto preocupaba a los judíos. Sino en la pureza del corazón. La que necesitamos todos, y que el Mesías debía traer al mundo, completando la historia santa comenzada siglos atrás.

Entonces, el lavatorio que purifica de verdad es el amor de Jesús; el amor que -llegada la “hora”- lo lleva a entregarse a la muerte en la cruz. La palabra poderosa que habían escuchado, es él mismo, plenitud de verdad y de amor. ¿Cómo se consigue ser lavado por él? Por la FE en él; por la confianza en su persona y en su misión. Por eso les dice “ustedes están limpios”, porque habían creído en él. Lo habían reconocido como Mesías e Hijo de Dios. El encuentro con Jesús era sanador, como lo es ahora para nosotros. “Pero no todos”, dice Jesús, ya que la cena mostró también el drama terrible de la traición de Judas, que Jesús asume y carga sobre sí. Rechazo que continúa aún ahora, en la incredulidad, en el descuido de la fe, y en tantas maneras de traicionar el amor, con el cual nos sigue amando.

3. El lavado de entonces y de ahora, se hace tarea de amor servicial

El don maravilloso del lavado (gracia de perdón y de amistad), no fue aceptado de inmediato. Cuesta creerlo. Pedro debió aprender a aceptarlo, tal como Jesús se lo proponía. Porque quizás esperaba gestos grandiosos del Mesías. No que se rebajara a lavar los pies, y luego se entregara a padecer y morir. Había protestado cuando Jesús lo anunció. Y cuando el maestro fue arrestado, por puro miedo negó ser discípulo suyo. Los creyentes actuales necesitamos volver una y otra vez sobre Jesús y su Evangelio, para mejor comprender y aceptar, para crecer en la fe. Aunque al confiar de veras en Jesús, tenemos la dicha de sentirnos queridos, reconciliados, en paz, y renovados desde lo más profundo.

Así se entiende que el amor recibido, se convierta en tarea de amor. A veces pensamos que los mandamientos de Dios y la enseñanza de Jesús, son una imposición exigente, que coarta la libertad personal, y una amenaza de severo juicio. Cuando en realidad, la vocación al amor es ante todo una experiencia del amor de Dios. El que nos ha creado y redimido, nos dio un corazón de carne, y cuando lo endurecimos, lo lavó con su propia sangre. Entonces el obrar de Jesús, sus palabras y gestos, se ofrecen como ejemplo. Pero son mucho más que eso, porque Él mismo es quien obra en nosotros. Si nos dejamos lavar por Él, una y otra vez, si nos dejamos purificar por el mismo Señor, podemos aprender a hacer, junto con él, lo que él ha hecho.

4. Tuve hambre y me dieron de comer; estuve enfermo y me visitaron ...

¿Cómo se vive el amor cristiano? Bien conocemos las exigencias fundamentales. Si no las cumplimos, no es por ignorancia. Jesús recordó los mandamientos del Padre, que él mismo cumplió en cada paso de su vida. Y cuando alguien quiso excusarse preguntando ¿quién es mi prójimo, al que debo amor?, Jesús propuso la parábola del buen samaritano: tu prójimo es aquel que te necesita, y al que te animas a socorrer. Para hacerlo aún más fácil aún, retomó una antigua regla de oro: “Hagan por los demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes” (Lc 6,31). Al final de la vida, seremos examinados precisamente por el amor. Con fuerza resuenan entre nosotros las palabras del Evangelio: ... Vengan a gozar del reino, porque tuve hambre y me dieron de comer ... estuve enfermo y me visitaron (cf Mt 25,31-46). Celebrar la misa del Jueves santo en el hospital, ha de ser una ocasión propicia para recordar la invitación de Jesús a encontrarlo a él, entre los que sufren, porque quiso identificarse con ellos.

Hoy celebramos también la institución de la EUCARISTÍA, que hace presente el misterio de Jesús entregado por nosotros, que nos lava, purifica y alimenta. Al que recurrimos para crecer en la experiencia de Su amor, y para tener el coraje de imitarlo, y de encontrarlo entre los pequeños. El Evangelio hace pesar asimismo en la RECONCILIACIÓN. En una lavado que seguimos necesitando, como creyentes y peregrinos, pedir el perdón de Dios y de los hermanos. Cuando el Señor les dijo a los doce que estaban limpios, aunque no todos, lo mismo quiso lavarles los pies. Porque la fe en Jesús, y la alegría de sentirse amado por él, nos hace descubrir las faltas cotidianas, graves o leven que hemos de confesar para renovarnos continuamente.

Jueves santo: ¡Todo un tesoro de gracia, celebrado en este día, que cuestiona la vida en lo profundo, y a la vez levanta la esperanza en un mundo nuevo, querido por Dios!.