Solemnidad de la Anunciación de Jesús

 

Homilía de Mons. Sergio O. Buenanueva, obispo auxiliar, en la celebración de la Anunciación en la parroquia Sagrada Familia, viernes 25 de marzo de 2011

El profeta Isaías invita al rey a pedir un signo a Dios. El rey Ajaz se niega: no quiere poner a prueba al Señor. Aparentemente, el rey demuestra una conciencia muy viva de los dos primeros mandamientos de la ley: Solo el Señor es Dios; no se ha de tomar su Nombre en vano.

Esto es solo en apariencia. En realidad, la respuesta del rey esconde una actitud de fondo muy distinta. El rey Ajaz tiene sus propios planes para salvar a Israel. Los ha pensado, los ha programado y los está ejecutando. En toda esta empresa, sea por olvido o sencilla prescindencia, Dios no cuenta. Este es el punto crucial: la pretensión de hacer historia “como si Dios no existiera”.

El profeta Isaías, consciente de la gravedad de la misión recibida, pone delante del rey la verdadera voluntad de Dios. Solo Dios tiene en sus manos los hilos de la historia. Le ofrece un signo de Dios para la salvación del pueblo. Ese signo es una mujer joven, embarazada de un niño, que llevará el nombre de “Emanuel”: Dios con nosotros. Isaías profetiza el nacimiento de un descendiente del rey, alguien de su propia sangre. La joven es la esposa del rey. El niño es Ezequías, su hijo, que asegura la continuación de la dinastía.

La profecía, sin embargo, mira más allá. Dios inspira al profeta, cuyas palabras alcanzarán su pleno significado en la escena evangélica que acabamos de escuchar: “No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre «Jesús»; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo.” (Lc 1,30-32).

El Dios infinito y grande, el Altísimo, que había creado al hombre a su imagen y semejanza, mostrando así su amor por la vida, se revela ahora de una forma inaudita y sorprendente: Él mismo se hace hombre; el Todopoderoso muestra el alcance real de su poder haciéndose pequeño, mínimo, imperceptible. Entra en nuestra historia como uno de nosotros.

Es el misterio sublime de la Encarnación salvadora: El Hijo único del Padre se hace hombre en el seno purísimo de María. El Verbo asume una naturaleza humana: verdadero Dios y verdadero hombre en la unidad de su persona divina. El Hijo eterno se hace sujeto real de una historia humana.

San Pablo dirá: “El, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz” (Flp 2,6-8).

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¿Qué hacemos frente a este misterio lleno de luz? ¿Cuál debe ser la reacción del hombre ante el anuncio de este Evangelio: el Evangelio de la Vida?

Ante todo, el gozo, la admiración, el sobrecogimiento, la emoción. Algo así como un papá que toma en sus brazos y, por primera vez, cruza su mirada con la mirada de su hijo que recién está abriéndose a la vida. La adoración de Dios puede ser comparable con esta experiencia humana, llena de ternura e intimidad. De hecho, la palabra “adoración” quiere decir literalmente: hacer la boca. Casi como dar un beso.

Ante el Evangelio de la Vida, la reacción justa, primera y fundamental es este acto de adoración, alabanza, acción de gracias y sobrecogida emoción. La reacción justa es una fe llena de confianza. Una fe que es la propia vida que se abandona en las manos de Dios.

Es todo lo contrario a lo que, según hemos visto, manifiesta el rey. Se trata de tomar en serio a Dios como verdadero autor de la vida; como el único que tiene en sus manos el secreto de la vida y de nuestra historia. Por eso, es confiarse a Él con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Porque “si no creen, ustedes no subsistirán”, había profetizado también Isaías (cf. Is 7,9b).

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Al contemplar con admiración y sobrecogimiento el misterio del Hijo de Dios que se hace hombre en el vientre de María, la mirada de la fe se vuelve, con los mismos sentimientos, al misterio de la vida humana misma.

Podemos exclamar, con el salmista: “¿Qué es el hombre para que pienses en él, el ser humano para que lo cuides?” (Salmo 8,5).

La Iglesia, contemplando el misterio de la Encarnación, ha madurado su conciencia de la dignidad de la vida humana, desde el instante mismo de su concepción hasta su término natural. Al celebrar en este día, la Jornada de la vida naciente, lo recordamos también con alegría.

La Iglesia está llamada a anunciar el Evangelio de la Vida. Un anuncio positivo, propositivo y testimonial.

Positivo: porque se proclama un bien precioso. Positivo, incluso cuando se denuncian las múltiples manifestaciones de la cultura de la muerte, que amenazan con particular malicia todo el arco de la vida del ser humano.

Propositivo: porque el Evangelio de la Vida es una palabra dirigida a la conciencia de las personas, pues solo en ese santuario interior que es la conciencia el hombre puede escuchar y acoger libremente la ley de Dios como norma para su vida.

Testimonial: porque el primer y más eficaz anuncio es nuestro compromiso con la vida, especialmente de los más débiles. Gracias a Dios, hoy podemos testimoniar que son muchos los que, día a día, se ponen al servicio de sus hermanos.

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Celebrando el misterio de la Encarnación, queremos en este día renovar nuestro compromiso a favor de la vida naciente. El derecho a la vida es el derecho humano fundamental y el presupuesto para los demás. En consecuencia, el aborto nunca puede ser un derecho, sino todo lo contrario: una profunda y grave injusticia, una herida de toda la sociedad. Y así debe seguir siendo reconocido.

La voz de la Iglesia es, en este punto, la voz de los más débiles. Es la voz que expresa una petición profundamente humana. En primer lugar, es la voz del niño por nacer, pero también la voz de la madre en situación de riesgo. Porque el aborto lesiona la dignidad de ambos.

Cuando la Iglesia advierte la gravedad del aborto no estigmatiza ni busca la condena de las mujeres. Apela a la conciencia de todos, especialmente de los líderes políticos y de sus propios fieles, para promover una auténtica cultura de la vida, atenta especialmente a los más vulnerables.

En palabras del Papa Juan Pablo II, Mensajero de la Paz y Servidor de la Vida: “En esta perspectiva, es necesario poner de relieve que no basta con eliminar las leyes inicuas. Hay que eliminar las causas que favorecen los atentados contra la vida, asegurando sobre todo el apoyo debido a la familia y a la maternidad: la política familiar debe ser eje y motor de todas las políticas sociales. Por tanto, es necesario promover iniciativas sociales y legislativas capaces de garantizar condiciones de auténtica libertad en la decisión sobre la paternidad y la maternidad; además, es necesario replantear las políticas laborales, urbanísticas, de vivienda y de servicios para que se puedan conciliar entre sí los horarios de trabajo y los de la familia, y sea efectivamente posible la atención a los niños y a los ancianos.” (El Evangelio de la Vida, 88).

Al concluir, volvamos la mirada a Nuestra Señora de la Anunciación, invocándola con la hermosa oración con la que el futuro Beato Juan Pablo II concluía su Encíclica “El Evangelio de la Vida”:

Oh María,
aurora del mundo nuevo,
Madre de los vivientes,
a Ti confiamos la causa de la vida:
mira, Madre, el número inmenso
de niños a quienes se impide nacer,
de pobres a quienes se hace difícil vivir,
de hombres y mujeres víctimas
de violencia inhumana,
de ancianos y enfermos muertos
a causa de la indiferencia
o de una presunta piedad.
Haz que quienes creen en tu Hijo
sepan anunciar con firmeza y amor
a los hombres de nuestro tiempo
el Evangelio de la vida.
Alcánzales la gracia de acogerlo
como don siempre nuevo,
la alegría de celebrarlo con gratitud
durante toda su existencia
y la valentía de testimoniarlo
con solícita constancia, para construir,
junto con todos los hombres de buena voluntad,
la civilización de la verdad y del amor,
para alabanza y gloria de Dios Creador
y amante de la vida.