Libertad religiosa: una reflexión y algunos interrogantes

 

El lema de la Jornada mundial de la paz 2011 ha sido: “La libertad religiosa, camino para la paz”. Benedicto XVI le ha dedicado un extenso mensaje. Ofrezco algunas reflexiones al respecto. Destaco también algunos interrogantes que el tema nos plantea a los católicos.

Un derecho fundamental, no conquistado del todo

Pasada una década del siglo XXI la violencia por motivos religiosos sigue cobrándose víctimas. Según algunos informes, seis de cada diez personas que sufren violencia u hostilidad por motivos religiosos, son cristianos. Mientras escribo estas líneas, llega la noticia de un atentado contra la comunidad copta en Alejandría de Egipto. Una Navidad con 21 muertos y un número mayor de heridos. Hechos similares se han dado, en este último tiempo, en Irak, Turquía, Filipinas y Nigeria. La geografía de violencia y muerte para los creyentes, cristianos o no, parece ampliarse.

El derecho internacional, sin embargo, va reconociendo la libertad religiosa como parte del núcleo de los derechos humanos, junto con el derecho a la vida y a la libertad personal.

La libertad religiosa es un indicador del perfil específico y la originalidad del ser humano. En su libre adhesión a Dios y a los valores trascendentes, la persona configura la orientación fundamental de su vida. Se trata, por tanto, de mucho más que ausencia de coacción para profesar la propia fe (o la increencia), de libertad de conciencia o mera libertad de culto.

Como toda genuina realización humana es, inseparablemente, un hecho personal y social, privado y público. Toca la conciencia, la libertad y los vínculos. Como todos los derechos y libertades, no es absoluto: guarda estrecha relación con un conjunto de deberes, también específicos del ser humano: buscar la verdad, especialmente religiosa; vivir en coherencia con las propias convicciones espirituales y morales; ofrecer la propia contribución al bien común; respetar a quien define y radica su vida de modo diverso al propio, etc.

El camino hacia el reconocimiento pleno de la libertad religiosa como un derecho humano fundamental ha sido fatigoso, con muchas idas y venidas. Todo indica que aún permanece lejos de estar asegurado para todos. A diferencia de lo que sostienen las utopías que sueñan con traer el cielo a la tierra, las personas y las sociedades nunca poseen del todo y para siempre sus principales valores éticos. Parafraseando a Jesús: el espíritu está dispuesto, pero la condición humana es frágil. Los adultos sabemos que nuestras opciones libres más profundas no son piedras inamovibles, fijas y estáticas. No es extraño que, de tanto en tanto, tengamos que reapropiarnos de nuestros valores, desde una conciencia más lúcida de la realidad. Esto ocurre también con la libertad religiosa como derecho fundamental de la persona humana, anterior a cualquier reconocimiento legal de los estados.

Tres preguntas para los católicos

Para los católicos, todo esto supone responsabilidades concretas. Mucho más para quienes somos sus líderes. Surgen así algunos interrogantes que vale la pena identificar.

Un primer interrogante tiene que ver con el modo de vivir la propia fe en un contexto cultural caracterizado por una pluralidad de valores o de formas de orientar la propia vida. Se multiplican también los puntos de fricción entre la doctrina católica y algunos movimientos culturales. La temperatura de la crítica hacia la religión además parece estar subiendo unos cuantos grados. Son datos de la realidad, previos a cualquier valoración. El mundo católico está viviendo, por lo mismo, un momento bastante complejo de tensiones y replanteos. No existe una sola forma de responder a estos desafíos. A mi criterio, se está dejando sentir la necesidad de volver a lo esencial, reapropiándonos del núcleo de nuestra fe: la experiencia de Dios revelado en Jesucristo.


Juan Pablo II, Mensajero de la Paz

Lo cierto es que, en algún momento, el creyente debe mirarse al espejo y preguntarse: “Y yo, ¿soy o no discípulo de Cristo? ¿Tomo en serio el Evangelio como forma alternativa de vida en un ambiente muchas veces adverso? ¿Tengo que esperar a que el contexto social sea favorable y me ofrezca suficiente seguridad para vivir mi fe, o algunos de sus valores?” Hechos recientes, como la discusión sobre el matrimonio, han acelerado este debate dentro del mundo católico. De todas formas, no hay que perder la cabeza: en todo tiempo los creyentes hemos tenido que pronunciar el “amén” de nuestra fe de un modo consciente, libre y personal. Sea por factores externos como por otros internos, la fe cristiana siempre ha existido como fe contestada y desafiada. Solo así se la posee de modo genuino. El discípulo no es superior al maestro, al decir de Jesús.

El segundo interrogante tiene que ver con la dimensión pública de la libertad religiosa. Uno de los desafíos más fuertes de nuestra sociedad, incluso a nivel global, es redescubrir un consenso ético sobre los valores fundantes de la convivencia humana. Las grandes religiones tienen mucho que ofrecer al respecto. Es el caso del cristianismo. En su seno, y a lo largo de las generaciones, se ha desarrollado una rica tradición humanista, cuya propuesta de “vida buena” ha sido un poderoso factor de desarrollo humano. Constituye un patrimonio espiritual y cultural de gran vitalidad.

Sin embargo, aquí surge un interrogante de fondo: ¿Hemos desarrollado los católicos un modo adecuado de proponer -no de imponer- este patrimonio en los debates públicos? Se trata, por una parte, de asegurar la presencia de nuestro específico punto de vista frente a los problemas comunes, sin renunciar a nuestra identidad y aquellos valores que consideramos no-negociables. Pero también, de hacerlo con un discurso propositivo, sensato y con sólidas argumentaciones racionales, respetuoso de los demás y capaz de entrar en el juego democrático de las sociedades abiertas.

El tercer interrogante lo formulo así: habida cuenta de la gravitación que los católicos aún tenemos en la vida argentina, ¿qué responsabilidad específica nos cabe para consolidar la libertad religiosa, en el sentido amplio desarrollado por Benedicto XVI en su mensaje? Sin excluir nuevas y mejores leyes, pienso aquí en la vida cotidiana de la sociedad civil donde, de hecho, se da una buena convivencia entre personas que profesamos distintas confesiones religiosas.

Creo que tenemos que mejorar la presencia de los católicos en el espacio público. Urge, por tanto, superar un cierto “complejo de culpa” que ha dominado la escena eclesial reciente. Es cierto que tenemos que hacernos cargo de las infidelidades al Evangelio de generaciones anteriores. Sin embargo, no podemos olvidar la contribución positiva de la tradición católica, en sus múltiples realizaciones, a la edificación de la sociedad. Esta memoria completa es ineludible si queremos que el hecho religioso sea respetado como un factor positivo. Una retirada o un ocultamiento de los católicos de la vida pública no benefician a nadie. Solo desde una sana autoestima, con una presencia clara pero no agresiva, podremos contribuir a una renovación de la vida ciudadana.

Urge también una revitalización del diálogo interreligioso. Los católicos no podemos pensar solo en resguardar nuestro espacio. La libertad religiosa es la condición necesaria para que los valores espirituales propios de cada tradición religiosa enriquezcan la convivencia ciudadana. En esa dirección parece moverse Benedicto XVI que ha propuesto un nuevo encuentro interreligioso en Asís, a veinticinco años del que convocara Juan Pablo II en 1986, a fin “de renovar solemnemente el compromiso de los creyentes de toda religión de vivir la propia fe religiosa como servicio a la causa de la paz. Quien está en camino hacia Dios -ha dicho el pasado 2 de enero - no puede dejar de transmitir paz, quien construye paz no puede dejar de acercarse a Dios.”

Del Blog de Mons. Sergio O. Buenanueva