“No tengan miedo”

 

A propósito de la beatificación de Juan Pablo II

Escribo estas líneas apenas conocida la noticia de la beatificación de Juan Pablo II. Es, para los católicos, una muy buena noticia. Creo que también para quienes, sin compartir nuestra fe, reconocen cuanto de bueno y noble hay en esta hermosa tierra que es nuestra casa común.

Porque Karol Wojtyla era, por encima de todo, un hombre bueno. Dios, el Sumo Bien, es la fuente de toda bondad. Así lo reconocemos los creyentes. Es verdad que el mal existe y, en demasiadas ocasiones, aparece con todo su abrumador poder destructivo. El verdadero milagro es que, no obstante todo, el bien, la bondad y las personas buenas persisten y perseveran con una inquebran-table firmeza. Confían, lucha por todo lo que es justo. Apuestan por la humanidad. Vuelven a empezar. Parece -solo parece- que el miedo no tuviera lugar en sus corazones. En realidad, las habita un amor y una pasión más grandes que todo temor o timidez. Son el signo más elocuente de Dios en el mundo y en la atormentada historia de los hombres.

Karol Wojtyla/Juan Pablo II era un hombre bueno. Del corazón, todavía joven, de este hombre bueno salieron unas palabras luminosas. Definían un programa pastoral. Definían, sobre todo, el calado humano y espiritual de quien las pronunciaba. Las transcribo abajo para que resuenen de nuevo. Ojalá encuentren eco. El por entonces nuevo Papa las pronunciaba al iniciar su ministerio como Obispo de Roma:

“¡Hermanos y hermanas! ¡No tengan miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad! ¡Ayuden al Papa y a todos los que quieren servir a Cristo y, con la potestad de Cristo, servir al hombre y a la humanidad entera! ¡No teman! ¡Abran, más todavía, abran de par en par las puertas a Cristo!

Abran a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura. de la civilización y del desarrollo. ¡No tengan miedo! Cristo conoce «lo que hay dentro del hombre». ¡Sólo El lo conoce!

Con frecuencia el hombre actual no sabe lo que lleva dentro, en lo profundo de su ánimo, de su corazón. Muchas veces se siente inseguro sobre el sentido de su vida en este mundo. Se siente invadido por la duda que se transforma en desesperación. Permitan, pues, -se lo ruego, se lo im-ploro con humildad y con confianza- permitan que Cristo hable al hombre. ¡Sólo El tiene pala¬bras de vida, sí, de vida eterna!” (De la homilía en el inicio del pontificado, 22 de octubre de 1978).

Evidentemente, estas palabras brotan de la fe, sólida y a la vez simple, de un hombre que vivió, luchó y murió en la fe cristiana. Eran el secreto interior de aquel anciano que, el domingo 30 de marzo de 2005, se asomó, por última vez a la ventana que mira a la Plaza de San Pedro y al mundo, convertido él mismo en una palabra viviente, aunque de su gastada garganta ya no pudo salir ningún mensaje más. Él mismo era el mensaje. Un mensaje de Dios para la humanidad sufriente.

Palabras de fe de un hombre bueno. Añadamos ahora: de un hombre también “feliz”. La palabra “beato”, entre otros significados, quiere decir precisamente eso: el que es feliz, bienaventurado, porque -como decía Jesús- tiene el corazón puro. Y solo los limpios de corazón pueden ver a Dios. Al beatificar a uno de sus hijos, la Iglesia reconoce que éste se ha unido de tal modo a Cristo que, sin negar la fragilidad humana, ha llegado a identificarse interiormente con él. Ha sido un reflejo viviente del Maestro. Un modelo a imitar. Un hermano que nos sigue acompañando.

Para los católicos, la beatificación de Juan Pablo II es una estupenda noticia. Vamos a celebrarla como un don de Dios. Pero es también un mensaje fuerte de Dios a la Iglesia, a quienes somos sus pastores, a todos los fieles. ¿Qué contiene dicho mensaje? Yo solo aventuro aquí una lectura muy personal. Cada uno tendrá que hacer la suya propia.

Para mí, Juan Pablo II fue un padre y un amigo de la humanidad, especialmente de los jóvenes. Los padres y los amigos vencen el miedo con la potencia del amor. Esta fuerza se hizo cada vez más transparente con el paso del tiempo, el peso de los años y de los achaques. El suyo fue el rostro de un amor incondicional, que es la única fuerza auténticamente humana para superar los conflictos, elevar las condiciones de vida de las personas, edificar un mundo más justo y, así, prepararnos para la vida que no tiene fin, en la comunión eterna con Dios. No sigue diciendo: “¡No tengan miedo! Abran las puertas a Cristo”.

El mismo Jesús que dijo: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios”, señaló a continuación: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,8-9). Ambas bienaventuranzas convergieron en la persona del Papa Wojtyla. Son también un programa de vida para nosotros, los creyentes que, desde el 1º de mayo podremos rezar públicamente con la sencilla plegaria: “Beato Juan Pablo II: ¡ruega por nosotros!”.

Sergio O. Buenanueva
Obispo auxiliar de Mendoza