“Nace Jesús. Nace la Vida. Se renueva la Esperanza”

 

Mensaje de Navidad a la comunidad mendocina de Mons. José María Arancibia, arzobispo de Mendoza y de Mons. Sergio O. Buenanueva, obispo auxiliar

“Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue.” (Lc 2,6-7)

En la Nochebuena, volvemos a escuchar este relato entrañable, escrito hace dos mil años por un excelente narrador: San Lucas evangelista. Sigue teniendo una sorprendente actualidad.

¿Cuál es su mensaje? ¿Qué nos dice el relato navideño? Es una palabra de paz para todos los hombres de buena voluntad. Escuchémoslo nuevamente.

En el centro del mensaje: una mujer que da a luz

Pocas imágenes son tan elocuentes como la de una mujer dando a luz a su hijo. Allí está simplemente la verdad de la condición humana: la vida es un misterio de gratuidad y donación; vida que engendra la vida. ¿No es hermosa la expresión: “dar a luz”? Es además verdadera: todo queda iluminado allí donde se asoma la vida, por pequeña y pobre que sea.

El relato, sin embargo, no calla el drama. Los gestos humanísimos de esta mamá primeriza que le pone los pañales a su recién nacido, no ocultan una realidad terrible: “No había lugar para ellos en el albergue”, dice lacónicamente Lucas. Hoy usamos la palabra: “exclusión”.

Es el misterio de la condición humana: vida y muerte, siempre enfrentadas; la miseria y la dignidad; el amor y el egoísmo; la verdad y la mentira; el don oscurecido por la mezquindad.

El relato no oculta nada. Se inmiscuye en toda la oscuridad de la condición humana. Es, sin embargo, evangelio, es decir: un anuncio gozoso que procede de la fe, es un testimonio de fe, puesto por escrito para despertar la confianza en Dios y en su acción salvadora. En esta historia humana, Dios mismo está involucrado. Y esto marca la diferencia.

El Evangelio de la Vida

Lo que ocurre en Belén es un preanuncio del mensaje fundamental del Evangelio, que Lucas pondrá en boca de los misteriosos personajes que custodian la tumba vacía de Jesús: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?” (Lc 24,5).

Ya el autor del libro de la Sabiduría invocaba al Dios de Israel, con esta sentida oración: “Tú eres indulgente con todos, ya que todo es tuyo, Señor que amas la vida.” (Sab 11,26)
En nuestro tiempo, el recordado Papa Juan Pablo II acuñó la expresión: el “Evangelio de la Vida”. Se trata -escribía- de “una realidad concreta y personal, porque consiste en el anuncio de la per-sona misma de Jesús, el cual se presenta al apóstol Tomás, y en él a todo hombre, con estas palabras: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6).” (El Evangelio de la Vida, 29).
Dios ama la vida. Él es el creador y el que restaura la vida. Y, porque la Vida, en Jesús, se ha se nos ha manifestado (cf. 1 Jn 1,2), nosotros anunciamos al mundo el Evangelio de la Vida.

La vida humana es una buena noticia

El relato del nacimiento de Jesús es un capítulo fundamental del Evangelio de la Vida. ¿Qué le dice al que lo lee con los ojos de la fe?

Ya en los escritos de Israel, el salmista había exclamado, lleno de estupor: “Al ver el cielo, obra de tus manos, la luna y la estrellas que has creado: ¿qué es el hombre para que pienses en él, el ser humano para que lo cuides?” (Salmo 8,4-5).

Al contemplar la escena de Navidad, esta pregunta adquiere un alcance insospechado. “Cuando se cumplió el tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer” (Gal 4,4). Dios mismo está ahí, naciendo de una joven mujer. “¿Qué es el hombre para que así lo cuides?”.
Dios ama la vida, se ha hecho hombre.

La vida humana, por sí misma, es una buena noticia, no obstante todos los obstáculos, carencias y limitaciones que pueda experimentar. El amor de Jesús se hace más intenso, allí donde la vida aparece más indefensa, herida o amenazada. Él es el amigo de los niños, de los pobres y, sobre todo, de los pecadores. En Jesús está la fuente permanente del humanismo cristiano.

Los jóvenes, la vida y la esperanza

Según nuestra programación pastoral, el año 2011 que se inicia prestará especial atención a los jóvenes. También a la educación y a las vocaciones. Diremos aquí una palabra sobre los jóvenes.

Hoy, muchas amenazas se ciernen sobre la vida de los jóvenes. Solo señalaremos una: el flagelo de la droga. Se trata de un indicador especialmente elocuente: se puede matar la esperanza. Las adicciones crecen allí donde mengua el gusto por la vida.
Es toda una radiografía de nuestros fallos como sociedad. También de los discípulos de Jesús. Es una llamada a la conversión.

Como Iglesia, queremos revisar qué estamos haciendo a favor de los jóvenes, cómo les estamos anunciando el Evangelio de la Vida, cómo estamos sembrando en sus corazones la esperanza.

Las iniciativas seguramente serán variadas. Sin embargo, no perdamos el norte. La acción fundamental de la Iglesia con los jóvenes es, sencillamente, llevarlos a Jesús, facilitando el encuentro personal con Él. El alma de un joven, connaturalmente, experimenta la alegría de creer en Jesús.

Buscar a Jesús en la lectura orante de la Biblia, en la celebración de la Eucaristía y la Reconciliación, en el servicio a los más pobres y necesitados, en la comunión gozosa con los hermanos. Los lugares de encuentro con Jesús están, así, al alcance de la mano. Aquí hay que poner el acento.

Este encuentro con Jesús le muestra al joven un modo alternativo de vida. Es la experiencia de un encuentro que lo rescata, lo ilumina y le enseña a vivir. Jesús lo salva: le da la vida eterna.

Ya son muchas las comunidades cristianas que, en la Nochebuena, convocan a los jóvenes para compartir un momento de oración y salir al encuentro de los hermanos que están solos o abandonados. También cerca de Navidad, muchos jóvenes emprenden acciones misioneras que los llevan hasta lugares alejados de su vida ordinaria. La Pastoral Universitaria, por su parte, realiza también “Manos a la obra”, una experiencia que busca desarrollar en los futuros profesionales una responsabilidad social solidaria y gratuita, al contacto con comunidades menos favorecidas.

Son testimonios sencillos de una fe inquieta que no se deja abatir por las dificultades. Además, estas iniciativas son llevadas a cabo precisamente por chicos y chicas, movidos por una generosi-dad que crece al contacto con la persona de Jesús y las necesidades de los hermanos.

Al reunirnos en esta Navidad en torno a Jesús que nace de María para dar vida al mundo, sintámonos alentados por estos testimonios e invitados a renovar nuestro compromiso con la vida de nuestros jóvenes.

José María Arancibia, arzobispo de Mendoza

Sergio O. Buenanueva, obispo auxiliar de Mendoza