Fiesta de la Purísima en el Predio de la Virgen

 

Homilía de Mons. Sergio O. Buenanueva en la celebración de la solemnidad de la Inmaculada Concepción en el Predio “Juan Pablo II”, Guaymallén. 8 de diciembre de 2010

1. Cada uno de nosotros lleva inscrito en su alma el secreto anhelo de ser amados de manera incondicional. Ser amados por lo que somos más que por lo que hacemos o tenemos. El hombre es un incansable peregrino de amor, de relaciones vitales que lo confirmen en su valor fundamental como persona. Busca así a Dios, el Sumo Bien que sacia todos sus anhelos.

Este anhelo se agudiza en una sociedad como la nuestra que tiende a reducir el valor de las personas a su función o relevancia social, a su aspecto físico externo o a su eficacia productiva. Vivimos una suerte de “fiebre por figurar, aparecer y ser aplaudidos”, y esto a toda costa. Se agudiza la necesidad de contar con relaciones humanas estables, significativas y positivas para la persona.

En el rostro de María Inmaculada - La Purísima - nosotros contemplamos el “sí” gozoso de Dios al hombre. “Dios nos eligió antes de la creación del mundo… nos predestinó a ser sus hijos… a ser aquellos que han puesto su esperanza en Cristo, para alabanza de su gloria.” (Ef 1,4.5.12).
Este “sí” de Dios al hombres es el motivo más profundo de la alegría que esta tarde ha tomado la forma de esta celebración multitudinaria, cita obligada de los católicos mendocinos. Se ha hecho peregrinación juvenil; es ahora celebración del misterio de la fe en la Eucaristía; será, en pocos minutos, música y canto que celebran la belleza del don de Dios.

2. En el relato evangélico, hemos vuelto a escuchar el “sí” de María al designio de Dios sobre ella: “Yo soy la servidora del Señor, que se haga en mí según tu Palabra” (Lc 1,38). María ha encontrado su lugar en la vida, en el plan de Dios, y todo el camino subsiguiente será un entrar cada vez más consciente y libremente en el misterio de la redención.

¿De dónde procede esta lucidez y esta capacidad de compromiso personal? ¿De dónde saca María esa fuerza espiritual para comprometerse tan apasionadamente con la vida?

El mismo relato nos lo dice claramente: “El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo».” (Lc 1,28).

En la raíz de la personalidad de esta mujer está Dios. El lenguaje bíblico ha acuñado una expresión bellísima, que parece ser el nombre nuevo que María recibe de labios del ángel, para expresar este misterio de alianza, de comunión y de vida: “Gracia”, “Llena de gracia”. Gracia es el Dios amor que se entrega a su criatura, se confía a ella de una manera incondicional. Transfigurado por el Espíritu Santo que es el amor de Dios derramado sobre el mundo, el hombre llega a ser una criatura nueva, a imagen de Cristo.

El don de Dios libera las energías humanas más preciosas escondidas en el corazón de María. La comunión con Dios hace de María una mujer libre, dueña de sí, auténtica. Ella se confronta lealmente con Dios, lo interroga, busca esclarecer su mente para que el compromiso de su voluntad sea plenamente libre. Cuando percibe la credibilidad del misterio que se le ofrece, ella pronuncia su “sí” racional, libre y liberador.

3. Lo que Dios hace en María es un signo de esperanza para nosotros, para toda la humanidad. María es la imagen más lograda de la humanidad nueva, de lo que Dios creador ha soñado siempre del ser humano. La obra de Dios en ella, lo que nosotros contemplamos plenamente realizada en su humanidad, es anticipo, garantía y desvelamiento de la obra más secreta de Dios en el hombre. Lo que Dios está obrando, por su Hijo y su Espíritu, en el corazón de cada hombre.

Dios obra en nosotros como obró en María, es decir, invitando a nuestra inteligencia y libertad a plegarse comprometidamente con la obra de restauración del género humano.

Es verdad que la existencia humana está siempre amenazada por la potencia misteriosa del mal, que el relato bíblico del Génesis representa en la serpiente. Esta le ofrece al hombre la posibilidad engañosa de realizarse expulsando a Dios de su vida, ilusionándolo con una libertad y autonomías absolutas que, de hecho, convierten a cada individuo en un diosillo en el que se confunden la verdadera libertad con la mera desinhibición o con el capricho infantil. La obra maestra de la serpiente tentadora es sembrar en el corazón humano la desconfianza en Dios, en sus reales intenciones y en su poder. Sin Dios, origen, fundamento y fin de todo, el hombre se deshumaniza irremediablemente.

Cada generación humana vuelve a confrontarse con formas nuevas de la vieja tentación. También nosotros como hombres y mujeres de este tiempo, aquí en Mendoza.

4. María es signo de esperanza para nosotros. De la mano de Dios podemos encontrar aquella energía interior que es imprescindible para luchar por una ciudad más humana. A través de María, Dios nos está diciendo: “Estoy con ustedes. Tienen mi gracia para hacer más humana la vida de todos, especialmente de los más indefensos”.

Este es un mensaje especialmente urgente y valioso para las familias. La familia fundada sobre el matrimonio de un varón y una mujer, es una obra maestra del Creador, no el mero producto de la evolución cultural del hombre. Para los cristianos, además, está enriquecida con la gracia del sa-cramento. Los vínculos que distinguen a la familia de otras formas de convivencia (esponsalidad, paternidad, filiación y fraternidad) son expresión de la vida íntima del Dios familia: Padre, Hijo y Espíritu Santo. En su apertura a Dios, la familia encontrará la energía necesaria para seguir siendo, en medio de los desafíos actuales, hogar de la vida. Incluso cuando esto suponga un alto grado de resistencia a la cultura dominante, particularmente agresiva con los vínculos familiares.

En este año del Bicentenario, este “sí” de Dios a la humanidad que resplandece en el rostro de la Purísima, es también un mensaje de esperanza para los ciudadanos en su lucha por la justicia y en el compromiso cotidiano por el bien común. Los creyentes, especialmente los católicos, sabemos que nuestra mejor contribución a la edificación de una Argentina con futuro es el testimonio visible y audible de los valores religiosos que contienen un gran potencial humanizador. Nos sentimos urgidos a restablecer la plena ciudadanía visible de la fe en el Dios amor manifestado en Jesucristo.

5. Queridos hermanos y hermanas: volvamos a escuchar el “sí” gozoso que Dios pronuncia en María y que está dirigido a cada hombre, a cada persona. Un “sí” que traducido nos dice: “sos valioso, tu vida tiene sentido, estás invitado a hacerte hermano de cada persona”. Escuchemos este “sí” de Dios, y dispongámonos a pronunciar el nuestro, sostenidos por el “sí” de María.

También nosotros digamos esta tarde: “Aquí están los servidores del Señor, que se haga en nosotros según tu Palabra”

Amén