Fiesta en la Vicaría de San Cayetano

 

Barrio Bancario de Godoy Cruz

El obispo auxiliar de Mendoza, Mons. Sergio Buenanueva, presidió la celebración en la vicaría del Barrio Bancario. En su mensaje, el obispo resaltó sobre todo la esperanza y la fuerza que tiene la Palabra de Dios:

“Hoy nos acercamos a San Cayetano. Venimos a pedir pan y trabajo. Pidámosle también que nos enseñe a cultivar la esperanza de Jesús, a vivir en esta actitud que el mismo Cristo describe con imágenes tan vivas: “Estén preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas.”

¡Cuántos hermanos y hermanas nuestros necesitan pan, trabajo y esperanza! Los que tenemos el corazón iluminado por la luz de Dios, por la luz de la fe, nos sentimos urgidos a salir al encuentro de quienes ansían razones para vivir, razones para esperar”.

Texto Completo

Homilía de Mons. Sergio Buenanueva pronunciada en la celebración de la vicaría de San Cayetano, Godoy Cruz.

1.
Una de las cosas más importantes que hoy se están dando en la Iglesia católica es que los católicos estamos redescubriendo la fuerza que tiene la Palabra de Dios.

¡El Evangelio nos enseña a vivir! ¡Jesús nos enseña a vivir!

El texto evangélico que acabamos de escuchar, por ejemplo, es una prueba muy buena de esto que estoy diciendo. Con el añadido, además, de que lo leemos mirando de reojo a San Cayetano. Los santos, con su vida, su palabra, sus obras y, sobre todo, con su testimonio, son el mejor comentario al Evangelio.

¿Qué nos enseña Jesús? ¿Qué enseñanza de vida nos da?

Yo lo resumiría con estas frases tomadas de los labios del mismo Señor: “Estén preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas. Sean como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta.” (Lc 12, 35-36).

2. Jesús nos enseña a vivir, porque nos enseña a esperar, a vivir en la actitud del que está a la espera de un gran encuentro. En esto, la Biblia es de una claridad meridiana: la vida del hombre, como de toda la humanidad, es un camino que terminará en un gran encuentro con Dios.

Un gran encuentro, en el que Cristo mismo se hará servidor de sus amigos: “¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlo.” (Lc 12, 37).

3. Recordemos con qué palabras concluye la Biblia. Contienen una imagen y unas palabras preciosas. Están en el último libro de las Sagradas Escrituras, el Apocalipsis.

Dicen así: “El Espíritu y la Esposa dicen: «¡Ven!», y el que escucha debe decir: « ¡Ven!». Que venga el que tiene sed, y el que quiera, que beba gratuitamente del agua de la vida… El que garantiza estas cosas afirma: «¡Sí, volveré pronto!». ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús! Que la gracia del Señor Jesús permanezca con todos. Amén.” (Ap 22,17.20-21).

La imagen es la de una esposa (o una novia) a la espera de su esposo amado. Las palabras son las de la esperanza: “Ven, Señor Jesús” “Sí, volveré pronto”.

Todos los que estamos aquí nos reconocemos cristianos, discípulos de Jesús, miembros de su familia, la Iglesia. Nosotros le decimos al Señor: “¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!”. Él nos responde: “Sí, volveré pronto”.

Lo vamos a hacer enseguida después de la consagración y cuando nos acerquemos a comulgar.

4. Alguien ha escrito que el futuro está en las manos de aquellos que ofrezcan razones para esperar, que es lo mismo que decir: razones para vivir.

Confieso que en estos últimos días me han golpeado profundamente las informaciones, las estadísticas y las reflexiones de personas entendidas sobre el suicidio de los adolescentes.

Estadísticas que acompañan hechos dolorosos que enlutan a familias y comunidades enteras. Lo digo con dolor y con respeto. Ponen a la luz cuánta desesperanza anida en el corazón de nuestra sociedad. Tal vez, los que estemos aquí, alguna vez hayamos probado el sabor amargo de la desilusión o de la depresión.

5. Queridos amigos: hoy nos acercamos a San Cayetano. Venimos a pedir pan y trabajo. Pidámosle también que nos enseñe a cultivar la esperanza de Jesús, a vivir en esta actitud que el mismo Cristo describe con imágenes tan vivas: “Estén preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas.”

¡Cuántos hermanos y hermanas nuestros necesitan pan, trabajo y esperanza! Los que tenemos el corazón iluminado por la luz de Dios, por la luz de la fe, nos sentimos urgidos a salir al encuentro de quienes ansían razones para vivir, razones para esperar.

Pienso en los niños, en los jóvenes y en los ancianos. Pienso en tantas personas que, al abrir sus ojos cada mañana, se encuentran con un mundo extraño y hostil.

¡A cuántos hermanos nuestros Jesús se quiere acercar como maestro de vida y de esperanza! Y se quiere acercar a través de sus discípulos. A través de nosotros.

6. Si hablamos de esperanza, y de esa gran esperanza que está contenida en la plegaria: ¡Ven, Señor Jesús!, tenemos que hablar del cielo.

El término de nuestro caminar en esta tierra es el cielo. ¿Se podría expresar el contenido de nuestra esperanza con una imagen mejor, más bella y más profunda?

“Vivir en el cielo es «estar con Cristo» (cf. Jn 14, 3; Flp 1, 23; 1 Ts 4,17). Los elegidos viven «en El», aún más, tienen allí, o mejor, encuentran allí su verdadera identidad, su propio nombre (cf. Ap 2, 17): «Pues la vida es estar con Cristo; donde está Cristo, allí está la vida, allí está el reino» (San Ambrosio, Luc. 10,121).” (Catecismo de la Iglesia Católica 1025).

El que abre su corazón a los hermanos, como hizo San Cayetano, ya está con Cristo. Ya está gustando, aquí en la tierra, lo que será su vida definitiva y perfecta, en el cielo.

Confiamos que nuestros difuntos están gozando ya de la gloria del cielo, o están purificándose para entrar en la comunión definitiva con Dios. Confiamos alcanzarlos también un día, y estar en compañía de María, de San Cayetano y de todos los santos, en el amor de Dios.

¡Reavivemos entonces nuestra esperanza! ¡Comuniquemos al mundo las razones que tenemos para vivir y esperar!

Así sea.