"Caminemos con Santiago, discípulo y misionero de fortaleza y esperanza"

 

Homilía de Mons. Sergio Buenanueva en la Celebración de la Solemnidad de Santiago Apóstol, 25 de julio de 2010

1.
La primera lectura alude fugazmente el martirio del Apóstol Santiago: el rey Herodes lo manda decapitar para calmar la ira que despierta la predicación del nombre de Jesús.

La comunidad apostólica vive su fe en medio de una situación de confrontación, de rechazo y de persecución. El poder trata de acallar el anuncio de la fe. La respuesta apostólica es clara y contundente: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29).

Caminar con Santiago, como expresa el lema elegido para este año, significa seguirlo por este camino de testimonio y de valentía apostólica. También lo hemos destacado en el lema, al señalar dos virtudes que son típicas del que asume el anuncio misionero como vocación propia: la fortaleza y la esperanza. Fuertes, con la fortaleza de Cristo crucificado. Poseídos por la gran esperanza que sostiene el caminar del hombre, incluso en medio del fracaso: la esperanza que es Cristo.

2. En la segunda lectura, es el Apóstol San Pablo el que confirma este mensaje: la vocación apostólica acredita su verdad y su validez precisamente cuando el apóstol se configura con Jesús, pobre, humillado y perseguido.

Releamos sus palabras: “Porque nosotros llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios. Estamos atribulados por todas partes, pero no abatidos; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no aniquilados. Siempre y a todas partes, llevamos en nuestro cuerpo los sufrimientos de la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo.” (2 Co 4,7-10).

3. Santiago, junto con su hermano Juan, escuchó en un momento clave de su vida, una pregunta de labios de Jesús, que contenía un desafío formidable, pero que también encerraba en ella el misterio de su propia vocación y misión, en definitiva el misterio de su verdad como persona.

La pregunta también la hemos escuchado nosotros, al proclamarse el santo Evangelio: “¿Pueden beber el cáliz que yo beberé?” (Mt 20,22). Está dirigida también a nosotros.

En la tradición bíblica, la expresión: “beber el cáliz”, significa: compartir el mismo destino, la misma suerte, comulgar en el camino de la vida.

En realidad, esta invitación a unirse tan íntimamente a Jesús hasta compartir con él su suerte final, estaba ya encerrada en aquella palabra perentoria, que el joven Santiago escuchó a orillas del lago, cuando con su hermano, su padre Zebedeo, y otros trabajadores, estaban echando mano a las redes, porque eran pescadores. Jesús les dijo sencillamente: “Síganme” (Mc 1,17).

Esto significa ser discípulo de Jesús: caminar con Él, vivir en la amistad y comunión de vida con Él, guiados por su Espíritu que infunde en nuestros corazones sus mismos sentimientos.

4. Los católicos veneramos a los santos como modelos e intercesores. Nos acercamos a ellos como a maestros de vida, que nos enseñan a vivir el Evangelio. Hermanos mayores que nos tienden una mano para ser fieles al estilo de vida de Jesús en las circunstancias concretas de hoy.

Cada 25 de julio, los católicos mendocinos veneramos al Patrón Santiago, reconociendo en él, a un amigo de Jesús, un maestro de vida según el Evangelio, y a un compañero de camino, que ha acreditado la autenticidad de su mensaje con el testimonio de su sangre derramada por Cristo.

Al reunirnos para la procesión y la Misa, volvemos a tomar conciencia que la fe en Cristo nos une en una familia. Nos hace Iglesia. Volvemos a tomar conciencia de la misión nunca acabada de la Iglesia que es, como los apóstoles y con ellos, la de anunciar el Evangelio que despierta la fe: ¡Dios ama al hombre! ¡Cristo nos ha redimido con su Sangre! ¡El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que nos ha sido dado!

Como Iglesia Diocesana de Mendoza, damos gracias a Dios por los frutos de vida que la predicación del Evangelio ha producido en esta hermosa tierra cuyana. Damos gracias por tantos hombres y mujeres de fe que han ofrecido a sus hermanos el testimonio luminoso de la cercanía de Dios que transforma y humaniza la vida.

Suplicamos también, unidos al Apóstol Santiago, la gracia de permanecer fieles a la fe que nos legaron los apóstoles y que nosotros hemos recibido de nuestros padres; fieles a la fe como norma y estilo de vida, especialmente cuando la cultura dominante se aleja del Evangelio, o intenta domesticarlo adaptándolo a los dictámenes del espíritu del tiempo.

5. Para concluir, quisiera referirme a la reciente reforma del Código Civil que equipara la unión de personas del mismo sexo al verdadero matrimonio.

Ante todo, un enorme “gracias” a todas las personas que, en estas semanas tan intensas, se movilizaron para expresar públicamente la riqueza inigualable del amor conyugal del hombre y la mujer. Fueron, en su mayoría, laicos: padres y madres de familia, pero también muchos jóvenes.

En segundo lugar, quisiera expresar la tristeza y desazón que significó, para un número conside-rable de ciudadanos, el resultado final en el Senado. Muchos interrogantes quedan abiertos. También muchos aprendizajes para el futuro, sobre todo para el ejercicio cívico del voto.

Por último, una valoración de la mencionada ley. Para la conciencia cristiana, se trata de una ley injusta que contraría gravemente el orden moral. El fin legítimo de buscar la igualdad de las personas, ha echado mano de un medio ilícito: borrar la distinción y complementariedad de los sexos como rasgo más propio y específico del matrimonio. La ley debía tutelar, no diluir, este bien.

Los cristianos nos dejamos guiar por las palabras de Jesús y el criterio apostólico: “Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22,21); “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29).

Cuando el Estado traspasa sus límites y sanciona una ley injusta, reñida con el bien común y basada en frágiles consensos, urge escuchar con mayor atención la voz de Dios que sigue testimoniando, en la conciencia y en la misma condición humana, la verdad perenne del hombre.

En este contexto, anunciar y vivir la verdad luminosa del matrimonio, obra maestra de la sabiduría del Creador y elevado por Cristo a la dignidad de sacramento, constituirá, especialmente para los jóvenes, un enorme y también hermoso desafío de fortaleza y esperanza.

Contamos con el auxilio de Dios, que es Amor y Verdad, el testimonio de los santos que se santificaron en la vida conyugal, y la intercesión poderosa de María y de nuestro querido Santo Patrono Santiago.

Así sea