”El sacerdocio que hemos recibido”

 

Homilía del P. Tomás Bradley sj, pronunciada en la celebración de clausura del año sacerdotal en Mendoza

Hoy, damos gracias por el sacerdocio que se nos ha regalado. Que Dios ha donado a su pueblo peregrino. ¡Es un don, una alegría, una misión! Es Cristo en nosotros para ungir a su pueblo, es Jesús en nosotros para hacerle llegar a Dios el corazón de los hombres. Unión de lo humano y lo divino. Valoración de la carne por la Palabra que acampó en ella.

El sacerdocio que hemos recibido, nos invita a vivir algo que, por nosotros mismos, no podemos vivir. No nos da el cuero. Sencillamente nos queda grande. Por algo algunos, que no son pocos, reaccionan y pretenden que vivamos como todo el mundo. Creen que bajando el nivel de exigencia, (ven que nos imponen algo, no perciben una opción personal) será posible que haya menos escándalos y más vocaciones. ¿Cómo un hombre puede vivir solo, sin su mujer?, se preguntan. ¿Cómo un hombre adulto pierde su libertad y tiene que obedecer? ¿Cómo va a renunciar a la aspiración más humana de producir algo para sí? De fondo, terminan haciéndolo, nos dicen. No lo reconocemos, pero cada uno (suponen) tiene su modo de buscar afecto privado; su modo de armarse intelectualmente de tal manera que más que obedecer, concede (que no es lo mismo); cada uno encuentra el modo de proyectarse en lo pastoral, en lo académico, en lo que sea, para manejar su proyecto subjetivo que le dé la tan nombrada “realización”, sensación de satisfacción que la mayoría persigue hoy.

Vuelvo a repetir, ser sacerdotes, es reconocer que lo que nos pide el Señor Jesús, es demasiado para nosotros. Por nuestras propias capacidades, inviable. Si no fuera así, sería sencillamente un proyecto humano más. Una empresa de hombres. Una buena idea de voluntariado, altruista, con aspiraciones vanas de trascendentalidad.

Nuestra vocación sacerdotal es otra cosa. Radicalmente otra cosa.

No elegimos ser sacerdotes. Nos eligió Dios, personalmente. Yo no quise serlo, no pude callar la voz que ardía dentro, que quemaba los huesos, en palabras de Jeremías. Lleva tiempo dejarse conquistar, enamorar por Cristo que nos dijo y nos dice: “sígueme”. Lleva tiempo, creer que su confianza puede más que la nuestra. No confío en mí, (me lo dijo una joven hace unos años. Decía: yo no confío en Tomás, confío en el Dios que lo llamó). Con ella, yo no confío en mí. Y tienen derecho, muchas personas a mirarme con desconfianza. Si la gran mayoría de los referentes de hoy nos escandalizan. Porqué, ¿conmigo van a tener que acercarse a ciegas? Padres, dirigentes, referentes, nos dejan boquiabiertos con las cosas que saltan.

La confianza de Dios es “inentendible”. Los hombres nos tenemos que ganar la confianza unos de otros. En cambio, Dios llama y confía. Nos confía su envío.

Nosotros no elegimos, somos elegidos. Hemos sido tomados de entre el pueblo de Dios para ser su presencia en medio de todos y para ser “hostias vivas” hacia Dios. Sabiéndonos elegidos, una y otra vez, día a día, oración a oración, encuentro a encuentro, viviendo cada sacramento, vamos fraguando este servicio que se nos ha confiado.

La víspera del Sagrado Corazón de Jesús, que hoy celebramos, es la expresión del dolor de amor de Dios por sus queridos hombres. Su deseo es que nuestro corazón sea eco de su amor “hasta el extremo”. Ser sacerdotes no es una profesión, no tiene horario, no es una ocupación. Es dejarse configurar con “los sentimientos de Cristo Jesús”. El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús, decía el Santo Cura de Ars.

¡Esto nos queda muy grande!

Por eso le suplicamos por nuestra vida cotidiana. Nos sentimos y nos sabemos pequeños, vasijas de barro llamadas a cobijar “sentimientos divinos, deseos de lo eterno en nuestro horizonte limitado”.

Amar a todos sin exclusividades, sin brazos que se cierran sobre alguien, o sobre grupos exclusivos. Amar dándose, sin buscar amor privado para sí. ¡Es tan humana la necesidad de refugio! ¡¿Por qué Dios nos expone a quedarnos sin Él?! “El hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”. Es dura la constatación de Jesús. Alguien me dijo una vez: el tema fundamental no es dónde uno se cansa, sino dónde uno “descansa”. ¿En quién, en qué reclino mi cabeza? Tantas veces sentimos “el vacío de hombros, de pechos”, en la soledad que queda al reencontrarnos con nosotros al irse cada feligrés a su casa, a su familia.

La indigencia lleva al humilde pedido, al manso deseo de ser cobijados por el Dios que nos llamó y envía. Si nuestro corazón está vivo, no podremos dejar de sufrir la pobreza interior y la necesidad del otro. Y es ella, trampolín para saltar a la dimensión de Dios. Cuando uno se entretiene entre tantas actividades, entre tanta gente, entre tantos cariños, o entre algún cariño especial, puede olvidarse que ha sido llamado a consagrase, con la eucaristía diaria, al Padre en el Hijo y por el Espíritu. Quedar indigentemente solos es regalo. Es darnos la oportunidad ¡impertinentes!, de abrir el corazón herido y deseoso al Dios de la misericordia. Misericordia: corazón para abrigar la miseria.

Vivimos un mundo que comercia con la miseria. No sólo no atiende las necesidades básicas de la mayoría, sino que reditúa con los sobrantes. Da ganancia a algunos, llevar del trabajo al “ya no te necesitamos”; de la pobreza a la indigencia; de la indigencia a la miseria. Así, causa la miseria, la acusa, se la lava las manos frente a todo lo que se traga, destruye y expulsa. Muestra fantasías atrayentes que enloquecen la mente, los sentidos, la voluntad. Nos acusa de “falsos”, de querer aparecer como “buenos” cuando no tenemos, dice, ninguna autoridad para hablar de lo bueno, porque somos como todos. Nuestra mirada, de corazón de Cristo sacerdote, encara la indigencia y la miseria del corazón (propia y ajena) como ámbito de encuentro con Dios. Aspiramos a que la bondad del corazón del hombre, refugio de Dios, crezca silenciosa, delicadamente. No hay nada que ganar, sino mucho que entregar.

Ser sacerdotes hoy es ser profetas que denuncian “el enredo” en el que estamos viviendo. La continua contradicción que es “ganancia” de poderosos. El corazón humano, con sus grandezas y bajezas, no es “producto para un reality show”, es ámbito de encuentro entre hombres solidarios en la indigencia. Es lugar de cruz y resurrección. Es dejar que el Señor Jesús nos regale su paz luego de haber vivido, Él, su pasión por nosotros. Ser sacerdotes es ser testigos esperanzados y alegres de “redención”. Que viene de Él, no de nosotros. Por eso, nos hacemos obedientes a su deseo: vayan, anuncien, bauticen, sumerjan a todos los hombres en el amor de Dios que supera todas sus mezquindades.

Así, ser sacerdotes es ser “en comunidad”. Laicos, religiosas, religiosos y sacerdotes, recreamos la primitiva comunidad: Cristo en el centro y nosotros saliendo en misión hacia aquellos que sufren. Comunidad en dispersión. Y comunidad en coparticipación con otros credos, y grupos sociales: políticos o económicos, educativos, etc.

Por eso, no tenemos para nosotros mismos, sino que nos damos para nuestros hermanos. Un padre de familia ha de tener con qué criar a sus hijos. Un sacerdote es tenido por su comunidad que lo sostiene para que pueda darse a todos. Es pertenecer pero no dejarnos apropiar. Es acompañar y al mismo tiempo, partir. Es amar hasta el extremo y volver a la soledad para allí, dejarnos amar por el Dios que nos ama como nadie.

Ser sacerdotes es sabernos oveja perdida que es buscada una y otra vez por el Buen pastor. Es ayudarlo a buscar a tantos perdidos entre lo que se les impone ser, lo que les falta, lo que añoran, lo que los distrae, entre tanta abundancia en manos de pocos y tanta carencia en manos de muchos.

Hoy más que nunca, frágiles. Hoy más que nunca, testigos de la misericordia de Dios. Hoy más que nunca, firmes sobre la verdadera roca, Cristo, que nos invita a animar a construir desde el corazón del hombre.

Hoy más que nunca, profetas, gritando “a hora y a deshora” el abuso sobre las personas, que no pueden descansar, reencontrarse, vivir humanamente. Que son estimuladas por tanta oferta que los deja como consumidores agotados.

Hoy más que nunca, hijos de la Iglesia de Cristo, santa y pecadora, comunidad abierta, discípula y misionera, dispuesta a dar testimonio con la propia vida, de la Palabra hecha carne. ¡Dar la propia vida! ¡Darla, no guardala! ¡Darla, perderla!

Nuestro mundo necesita cielo, no fantasías. Necesita corazón, más que velocidad, comodidad y técnica.

Finalizamos el año sacerdotal… continúa el día a día de cada sacerdocio. Que nuestro buen pastor, nos consuele en los momentos de oscuridad, nos fortalezca en los días de conflictos, nos regale su “pan para el camino”, y nos haga gozosos compañeros de nuestro pueblo peregrino que busca “vivir en tierra prometida”, en nuestra patria herida. Que San Juan María Vianney y el Cura Brochero intercedan por cada uno de nosotros.