"La Eucaristía reúne y sostiene a las familias en la unidad del amor"

 

Homilía de Mons. José María Arancibia en la celebración de la Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo, sábado 5 de junio, plaza San Martín

1. Necesitamos de la Eucaristía y sacerdotes para celebrarla


La Eucaristía es para los cristianos un tesoro de riqueza inagotable. Contiene todo el bien espiritual de la Iglesia. Es decir al mismo Cristo, que nos ha dejado el memorial de su muerte y resurrección, para la salvación del mundo. Renovemos hoy nuestra fe común en este admirable misterio, que reconocemos como “fuente y cima de toda la vida cristiana” (LG 11). Cada domingo, que es día del Señor, lo celebramos como la pascua semanal, porque necesitamos que Él nos reúna en comunión y nos alimente con su Cuerpo y Sangre. Sin este encuentro dominical no podemos vivir. Hoy, la festividad anual del Corpus Christi, como solíamos llamarla, nos congrega para una especial veneración pública de este admirable sacramento.

Una oración antigua, escrita por Santo Tomás, puede ayudarnos a renovar nuestra fe. En pocas y densas frases expresa lo que significa la Eucaristía. Es una plegaria hecha en forma de aclamación entusiasta, convencida y gozosa. Solían rezarla los católicas al entrar en la iglesia donde estaba presente el Santísimo Sacramento. Ha sido recogida también en el Catecismo de la Iglesia Católica. La pronuncio ante ustedes con gratitud y alegría:
"¡Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida; celebra el memorial de su pasión; el alma se llena de gracia,
y se nos da la prenda de la gloria futura!" (CEC 1402).

Muchos sacerdotes celebramos en Mendoza este sacramento, que es “gracia y bendición” destinada a todos. Nada más grande y admirable. Estamos contentos de haber sido llamados a prestar este servicio, unidos a Jesús que pone sus palabras en nuestros labios. Pero debo confesarles que también tengo una gran pena. Hay en Mendoza muchas comunidades que no pueden tener la Eucaristía ni siquiera cada domingo. Me duele que haya tantos pueblos y barrios donde los sacerdotes no llegan, a pesar de su dedicación abnegada. Es verdad que los diáconos y muchos laicos realizan celebraciones de la Palabra, distribuyendo la sagrada comunión, y llevándola a los enfermos y ancianos. Pero tantos lugares quedan sin la santa Misa, que la fe reclama porque es memoria de la pasión de Cristo, fuente de toda gracia. Quiero invitarlos a rezar más intensamente por las vocaciones sacerdotales. Lo hemos venido haciendo en este año sacerdotal. Dios sigue llamando al corazón de los jóvenes. Oremos para que sepan escucharlo y respondan con generosidad. Muchas familias y comunidades elevan esta plegaria cada día, para que no falte a nadie la Eucaristía que hoy veneremos de manera hermosa y solemne.

2. La Eucaristía reúne y sostiene a las familias en la unidad del amor

En la última cena, Jesús instituyó la Eucaristía y nos dio el mandamiento del amor. De un amor nuevo, a imitación suya. No copiado de Él, como vano intento humano. Sino brotado de un corazón renovado por su gracia redentora; la que nos ofreció amándonos hasta el extremo al morir en la cruz. Una gracia singular, que es “comunión” con Él y entre nosotros, fruto de la Eucaristía, mandada celebrar desde aquella noche en su memoria.

El mundo entero necesita del amor de Dios, experimentado de modo singular en este sacramento, para superar tantas divisiones y desencuentros; para construir un mundo fraterno. Al comer el Cuerpo del Señor, nos hacemos pueblo suyo y familia de Dios. Eso es la Iglesia reunida en su nombre. En ella, cada familia de bautizados, es una pequeña iglesia, donde el Señor sigue ofreciendo su amor que sana, renueva y consolida los lazos humanos.

Como en otra ocasión, también este año queremos vivir la Eucaristía confiando que es un regalo especial para las familias. Vivimos un momento difícil. La crisis del matrimonio y la familia, tan mencionada, se ha hecho más fuerte; hasta se pretende cambiar el sentido de esta institución natural, creada por Dios. Sabemos de gente desorientada, cuestionada en sus convicciones por nuevas posturas y proyectos de ley. En una carta pastoral (23/05/10) hemos ofrecido de nuevo la enseñanza de la Iglesia, basada en la naturaleza del ser humano, confirmada por el Evangelio. Y no sólo la doctrina, sino el estímulo para que la vivan como verdad sólida y fuente de felicidad. La situación es delicada. Necesitamos volver a la Eucaristía que ofrece dones maravillosos a los matrimonio y las familias.

Ésta es la fe de la Iglesia (cf FC 57): El sacrificio eucarístico representa la alianza de amor de Cristo con la Iglesia, sellada con la sangre de la cruz. En este sacrificio de la Nueva y Eterna Alianza los cónyuges cristianos encuentran la raíz de la que brota, y se vivifica desde dentro, su alianza conyugal. Hace presente el sacrificio de amor de Cristo por su Iglesia, y por ello es manantial de caridad. En este don de amor la familia cristiana halla el fundamento y el alma de su "comunión" y de su "misión", porque el Pan de la Eucaristía hace de los diversos miembros de la comunidad familiar un único cuerpo; todos ellos participan de la más amplia unidad de la Iglesia. Además, la participación en el Cuerpo "entregado" y en la Sangre "derramada" de Cristo, se hace fuente inagotable del dinamismo misionero y apostólico de la familia cristiana.

3. La familia educa a los ciudadanos de la Patria y a los discípulos de Jesús

El comienzo del Bicentenario, nos ha hecho desear el bien de la Patria, y rezar por su auténtico progreso. A su vez, el renovado caminar de la Iglesia, obliga a revisar cómo se forman y actúan los discípulos misioneros de Jesucristo. Por una y otra razón, valoramos el ser y la misión de la familia cristiana, que encuentra su fortaleza en la Palabra de Dios y en la Misa dominical.

Para la Iglesia se trata de un anuncio y de un compromiso: La preocupación por la familia es un eje fundamental de su acción evangelizadora, y quiere emprender una pastoral familiar "intensa y vigorosa", para proclamar el evangelio de la familia, promover la cultura de la vida, y trabajar para que los derechos de las familias sean reconocidos y respetados (cf DA 435). La familia tiene estrecha relación con la sociedad, porque constituye su fundamento, y su alimento continuo por su servicio a la vida. De la familia nacen los ciudadanos, y éstos encuentran en ella la primera escuela de las virtudes sociales, que son el alma de la vida y del desarrollo de la sociedad (cf FC 42). La misión educativa de la familia cristiana es un verdadero ministerio, por el cual se transmite e irradia el Evangelio, y la misma vida de familia se hace itinerario de fe, y escuela de los seguidores de Cristo. Es ella "todos los miembros evangelizan y son evangelizados" (FC 39). Los padres son por tanto los primeros mensajeros del Evangelio ante los hijos. Rezando con los hijos, leyendo la Palabra de Dios, y viviendo juntos la Eucaristía, llegan a ser plenamente padres, porque no sólo trasmiten la vida corporal, sino también la vida nueva de la gracia, que brota de la Cruz y la Resurrección de Cristo (cf FC 39).

Concluyo con palabras de la reciente carta pastoral: “Aliento a los esposos y padres cristianos a buscar en Cristo el fundamento sólido sobre el que edificar el futuro de sus familias. Queremos proponer a todos la buena noticia del amor humano, del matrimonio y la familia, como respuesta al anhelo de vida plena que todos llevamos dentro. ... ¡No se desanimen frente a las adversidades del camino! Los cristianos somos discípulos del Cordero humilde y manso que venció todo mal, amando hasta el fin en la cruz.”