Te Deum en el Bicentenario de la Patria

 

Homilía de Mons José María Arancibia en la celebración del Te Deum del 25 de mayo, efectuado en la Basílica San Francisco.

1. Celebremos el Bicentenario de la Patria con un corazón grande


Hemos llegado a un día muy esperado. Celebramos dos siglos del primer gobierno patrio, y en cierta manera, del origen de la Nación. Muchos actos se han preparado en torno a este singular aniversario. De mi parte, quiero invitar a todos -en primer lugar- a mirar y vivir esta conmemoración con un corazón grande. Quizás algunas preocupaciones importantes sobre la familia y sobre el país, impiden disponer el espíritu para compartir la fiesta. No obstante, cuando dejamos que se nos dilate el corazón, se renuevan los motivos de esperanza.

La grandeza de ánimo permite celebrar el Bicentenario durante un tiempo prolongado. En realidad, fue importante la fecha de 1810, y más todavía la de 1816. De allí que, una celebración que se prolongue desde ahora hasta el 2016, permite el repaso meditado de una historia, que siempre es maestra de vida. En ella se aprende de los hechos gloriosos como de los errores y fracasos. Nuestra historia nacional no es por entero una grandiosa epopeya, pero tampoco carece de personas, hechos y de resultados, que podamos ignorar. Muy por el contrario. Pienso entonces que una celebración serena y prolongada, puede dar oportunidades de búsqueda y de dialogo compartido, que resulten para todos una verdadera enseñanza.

Un corazón grande, además, mira con amplitud el pasado y el futuro. Celebrar dos siglos de patria significa reconocer toda la historia precedente en América. Muchos pueblos originarios que poblaron el actual territorio argentino, necesitan ser nombrados y valorados, por el aporte de su experiencia y cultura. Más aún, su encuentro con los colonizadores, sigue siendo objeto de revisión, con sus aciertos y errores, de manera que es todavía una lección de vida y una deuda por saldar. Algo semejante se debe decir de la época hispánica, que nadie debe ignorar, ni mucho menos detestar, por considerarse patriota. Respecto al futuro es una responsabilidad grande preverlo y prepararlo. Pensar y vivir el bicentenario, compromete a ciudadanos y gobernantes en la búsqueda -precisamente desde una supuesta madurez centenaria- del bienestar integral de todo el pueblo, edificado sobre las sólidas bases de la verdad, la justicia y la equidad, la reconciliación, la solidaridad, que son imprescindibles para una auténtica convivencia en paz y amor.

2. Estamos invitados a celebrar desde la fe religiosa

Los orígenes de la Patria fueron preparados por gente de sincera fe cristiana. La proclama inicial del 26 de mayo de 1810, firmada por la primera Junta, explicaba al pueblo con plena seguridad y convicción los propósitos revolucionarios: “Fijad, pues, vuestra confianza y aseguraos de nuestras intenciones. Un deseo eficaz, un celo activo y una contracción viva y asidua a promover por todos los medios posibles la conservación de nuestra Religión Santa, la observancia de las leyes que nos rigen, la común prosperidad y el sostén de estas posesiones ...”. Un testigo cuenta además, que pocos días después: “Se hizo una solemne función en la catedral, y se cantó el Te Deum en acción de gracias por la instalación de la Junta; la que asistió a ella con todos los tribunales; y pontificó el Señor Obispo”.

Desde entonces existe esta costumbre, que mantenemos con la apertura y el respeto que exigen los nuevos tiempos y el sano pluralismo. El Te Deum (A tí, Dios te alabamos), lleva como nombre las primeras palabras de un antiguo himno cristiano del siglo V. Es una alabanza a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que eleva toda la creación, junto con los profetas, apóstoles y mártires. Canta con gozo y esperanza la resurrección de Cristo, que triunfó de la muerte y vive para siempre. Las frases finales son una plegaria llena de confianza: Muéstrate amigo y defensor de los hombres que salvaste - Salva a tu pueblo y bendice tu heredad - Sé su pastor y guíalos siempre - A tí Señor me acojo, no quede yo nunca defraudo. Hoy entonaremos este himno con música compuesta en Mendoza y para esta ocasión. Tengo la plena seguridad de que puede inspirar sanos sentimientos de acción de gracias y de serena confianza, como el compromiso de conducta frente a Dios y al pueblo.

3. La Palabra de Dios echa luz sobre el deseo de libertad y de riqueza

El himno Te Deum tiene muchas referencias bíblicas que ayudan a rezar. Quienes reconocen en la Biblia la Palabra de Dios, encuentran siempre luz abundante para caminar en la vida, sea próspera o adversa el situación que pasan. En la primera lectura de hoy, san Pablo anuncia el verdadero sentido de la libertad (Gal 5,13-25). No somos libres para satisfacer cualquier deseo. La antigua ley mosaica confirmada por el Evangelio, marca el sentido y el objetivo de ser libre como persona humana: el amor al prójimo. Amor que para los cristianos es además infundido por el Espíritu, como fruto de la Pascua de Jesús, junto con los dones maravillosos de la alegría, la paz, la bondad, la serenidad y la confianza. La vocación a la libertad, por tanto, no debería dar lugar al egoísmo, mucho menos al rencor, o a la indiferencia o falta de solidaridad. Si nos hemos liberado de potencias extranjeras, es para ser entusiastas promotores del desarrollo humano integral de nuestro pueblo, superando toda exclusión social, injusticia, miseria o corrupción, que están reñidas de plano con el amor verdadero. Según la Palabra de Jesús en el Evangelio (Lc 12,15-21), las riquezas adquiridas pierden sentido, si son acumuladas en beneficio de uno solo, o de unos pocos. La vida humana es el primer don de Dios; maravilloso pero limitado; a Él daremos cuenta de todo lo que recibimos y de cómo lo utilizamos.

Esta enseñanza ilumina y cuestiona la vida. ¿Qué hicimos en dos siglos con la riqueza del nuestro suelo, de nuestra gente, de su trabajo y de su cultura? La condición de patria libre y soberana, ¿redunda en beneficio y crecimiento de todos los argentinos? ¿de todas sus necesidades, materiales y espirituales? Son preguntas que interpelan a cada habitante, si entiende que su condición de ciudadano, no es sólo vivir y gozar de esta tierra, sino amarla de veras y trabajar con responsabilidad por el bien común. Así se comprende el mensaje de los obispos argentinos, que hace poco presentaban la Patria como un don recibido, pero a la vez como una tarea, porque la Nación convoca y compromete el esfuerzo de todos (10 de marzo 2010).

4. El Bicentenario se convierte en ruego y compromiso

No hemos esperado hasta esta ocasión para rezar por la Patria. Hace tiempo que venimos rogando a Dios por esta intención; confiando siempre que Él afianzará el propósito responsable de trabajar por el bienestar de todos. Desde hace más de un año, la Iglesia invita a dar al Bicentenario el sentido de un búsqueda comprometedora de justicia y solidaridad. En muchas fiestas de pueblos, barrios y ciudades, vamos pidiendo estos valores que son deseados y añorados, pero puestas en práctica con dificultad. En un tiempo de fuertes confrontaciones, no hace bien fomentarlas, sino impulsar el interés compartido por luchar juntos por esos valores. El Papa Benedicto enseña en su carta que la verdad y el amor se necesitan y complementan para lograr el auténtico desarrollo. En este camino se integran también la razón y la fe: “La razón necesita siempre ser purificada por la fe, y esto vale también para la razón política, que no debe creerse omnipotente. A su vez, la religión tiene siempre necesidad de ser purificada por la razón para mostrar su auténtico rostro humano. La ruptura de este diálogo comporta un coste muy gravoso para el desarrollo de la humanidad” (CV 56).

En esta celebración religiosa, seguiremos elevando nuestra acción de gracias e insistentes súplicas por el pueblo argentino. Confiamos que Dios escucha a sus hijos porque los ama, y orienta hacia Él sus corazones para llevarlos por el buen camino. Para terminar, permítanme repetir la breve súplica que elevé al cielo en la Bendición de los Frutos, al comenzar la Vendimia de este año, fiesta siempre muy querida por los mendocinos. Rezaba así en aquella noche a la Virgen de la Carrodilla:

María Santísima atiende de nuevo esta súplica filial y llena de esperanza:

- te hemos confiado la Patria, ayúdanos a edificarla como buenos ciudadanos y gobernantes

- necesitamos líderes capaces, honestos y con espíritu de servicio

- no podemos olvidarnos de los pobres y de quienes sufren en su cuerpo y en su ánimo

- muchas familias y muchos jóvenes precisan ser alentados, educados, y sostenidos

- consíguenos de Dios los valores representados en la tierra buena y la roca sólida, sobre los cuales edificar nuestra amada Nación.